Diario de un locuaz (1)

─Hoy he comido sopa y habas con jamón; eran horrendas. Además, no entiendo cómo el cocinero no se ha dado cuenta de que las habas tenían gusanos. Y no digamos la sopa: agua pútrida del escusado. Creo que no voy a comer más en este lugar, salvo huevos duros.

─El celador me ha regalado esta agenda y el lapicero porque dice que le caigo bien; me ha dicho que cuando se me gaste la punta del lápiz se lo diga para volver a afilarlo, porque aquí está prohibido tener artilugios cortantes. Lo que no entiendo es por qué la agenda tiene sólo siete días. Bueno; cuando se me acabe le pediré otra. O que me dé otra semana; es recambiable. Me ha pedido que no se lo diga a nadie porque pueden expedientarlo; tiene cara de buena persona, pero no me fío. Nunca se sabe lo que puede pasar por el cerebro de la gente; hay mucho loco suelto y he oído hablar de cosas muy raras que ocurren en estos centros hospitalarios.

─Todavía no sé por qué me han traído hasta aquí. Tengo cierta conciencia de que esto podría ser un manicomio, pero sé que no estoy loco. Mi hija me dijo que era lo mejor que podía hacer por mí, pero todavía no lo entiendo. Reconozco que hice mal cuando golpeé a su madre, pero no recuerdo el motivo de haberlo hecho; no creo que eso sea suficiente para apartarme de su lado, aunque no recuerdo cómo acabó el suceso. Estoy muy confuso.

─Pero la muy perra se lo merecía, al fin y al cabo.

─No, no es así… La verdad es que no recuerdo exactamente lo que pasó; tan sólo que sentí una fuerza violenta y odiosa en mi interior que me hizo reventar todo lo que me encontraba al paso. Pero no sé el motivo. No sé. Mejor no darle vueltas. Ya me vendrá el recuerdo y saldré de estas dudas.

─Este es un sitio muy limpio; todo es blanco: las paredes, las camas, el mobiliario,… hasta las bombillas son de un cristal esmeradamente blanco. No entiendo el por qué, pero es relajante, muy relajante. Aunque los techos son extremadamente altos.

─Si no llevo mal las cuentas, las rayas que he marcado en la blanca pared de esta celda me dicen que es el quinto día que paso encerrado en este lugar, y parece que ha pasado un mes. No recuerdo nada de lo que ocurrió durante el pasado enero; ni siquiera qué hacía, a qué me dedicada. Tan sólo veo vagamente la cara macilenta de mi mujer y la de mi hija cuando se despidió tras las rejas de la entrada a este lugar. ¡Allá ella!

─Hoy nos han separado por edades en el comedor; los mayores a un lado y los jóvenes a otro. Me pregunto con qué objeto. Es absurdo. Tengo que indagar los motivos porque me tiene intrigado. Supongo que querrán que los jóvenes no aprendan las maldades de los viejos, aunque hoy en día creo que de eso llevan más llena la maleta los jóvenes que los últimos.

─No soporto al tío viejo baboso que me han puesto enfrente; el muy cerdo no hace más que babear cuando toma la sopa y su forma de comer me levanta el estómago. Esa cara picada de viruela, su gorda y mocosa nariz, llena de negras espinillas,  y las cejas que parecen cepillos de zapatero remendón me ponen muy nervioso. Mañana tengo que decirle al director que me cambie de sitio; es posible que me coloque a su lado. Él parece un tipo limpio y educado, con ese traje tan planchado, camisa de blanco satén y corbata al punto.

─Estoy esperando que vengan a recogerme para salir al patio. No me gusta el patio. Está lleno de locos de atar. Siempre se me acerca ese tío tullido que quiere jugar conmigo a las canicas, y soy demasiado mayor para jugar a ese estúpido juego de niños. O aquél otro que pretende jugar conmigo al escondite; no se puede ser más bobo. ¡Jugar al escondite en un patio donde ni siquiera hay un árbol!

─Prefiero sentarme en el césped y fumarme un pitillo; pero aquí no está permitido el tabaco. Tengo que decirle al celador que me permita un cigarrillo de vez en cuando. Me cae bien el celador. Pero no sé cómo se me ha ocurrido la idea de pedirle un cigarrillo, si yo no fumo. Bueno; le pediré otra cosa. Una perindola, por ejemplo. Me gustan mucho las perindolas. Sé que me la traerá porque le caigo bien. Pero… ¿para qué sirve una perindola? ¿Por qué me ha venido ese capricho a la cabeza si no sé ni para qué sirve?

─Es igual; que me la traiga,… se me ha antojado. Ya descubriré para qué sirve.

─Oigo pasos. Voy a esconder mi agenda antes de que me descubran, no vaya a ser que expedienten a mi amigo celador. Me van a llevar al patio.

─Hasta mañana agenda.

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