Diario de un locuaz (2)

─Estoy horrorizado. Ese hombre me produce una sensación inquietante cuando me mira a los ojos; me obliga a agachar el rostro por temor a irritarle. Le llaman “el Gran Celador”, pero no sé por qué. No puede hacerme nada si me comporto bien, pero aún así le tengo pánico.

─Algunos de los otros me dicen que esté tranquilo, que hemos llegado hasta este lugar para expiar nuestras culpas y después todo irá a mejor. Pero aún me encuentro poseído por esta sensación de inmenso e inexplicable vacío. No quiero parecer un revolucionario. Yo siempre he sido una persona dúctil, maleable y agradable con los demás. ¿Qué culpas tengo yo que expiar? No he hecho nada… no me merezco estar aquí. No sé por qué estoy encerrado, no soy un individuo peligroso, pese a mi aspecto.

─Ayer ese hombre, “el Gran Celador”, me entregó esta agenda y me dijo que debía escribir en ella todo lo que se me ocurriera. Es una exigencia muy extraña. ¿Para qué escribir en la agenda? ¿Para qué quiere saber lo que siento? ¿Qué pretende que apunte en ella? Además, es una agenda muy particular: tiene tan sólo hojas para siete días y sus tapas son de una morena piel cuarteada y porosa que me da repelús al tacto; creo que tiene hasta pequeños pelillos. Estoy deseando devolvérsela. O mejor, poco antes de salir de aquí la romperé en mil pedazos. Mis pensamientos son sólo míos. Si se entera de que estoy aterrorizado jamás mereceré su respeto, y mis temores hacia él se irán haciendo cada vez mayores.

─Ayer nos dieron de comer pura bazofia; el segundo plato tenía hasta “habitantes”, pero mi hambre era insaciable y me lo zampé todo haciendo de tripas corazón. Veremos lo que nos dan ahora en el desayuno; anoche no tuvimos cena y me encuentro exhausto. La verdad es que poco o nada hago aquí, y raro es que pueda tener apetito: dormir, salir al patio y pasear por la celda no consume muchas energías, que digamos.

─Hoy me cambiaré de sitio en el comedor; ese tío raro que han sentado frente a mí no hace más que mirarme con una cara muy extraña. Se fija mucho en mi nariz y mis cejas, y parece que le doy asco. Esos rictus que hace con los labios no me gustan. No sé si me dejarán cambiar de mesa; lo voy a intentar. Me han dicho que mató a su mujer y que fue su hija quien le encerró aquí. No me extraña; tiene cara de asesino violento. Tengo que estar lejos de él; no quiero líos.

─Los techos de este sitio son muy altos; las lámparas tienen bombillas muy blancas y proyectan una luz mortecina, a veces evanescente. Me extraña que los techos estén tan altos, cerca de cuatro metros; hace dos mañanas… o tardes, no sé, otro interno me dijo en el patio que son así para que la gente no se ahorque en las lámparas. No lo entiendo; esto no es un manicomio, es una penitenciaria; no sé por qué me han encerrado aquí. Yo no he cometido delito alguno.

─Tengo que acercarme hasta la administración para que me aclaren los motivos de mi estancia en este presidio, y que me suelten cuanto antes. Han cometido un grave error conmigo; seguro que han debido confundirme con otra persona. Ya sé que mi aspecto de patán inclina a la gente a creerme un delincuente; no es mi culpa haber nacido tan feo y rústico, y no creo que eso sea motivo para condenarme a prisión. Quizás haya hecho algo malo que yo no recuerde ahora, pero no sé qué pueda ser. Sin embargo todo es muy extraño: no recuerdo haber estado nunca ante el juez que me condenó ni que me leyera su sentencia. Tengo que seguir indagando.

─Después del desayuno nos sacarán un rato al patio; me encanta jugar a las canicas con el “Patachicle”. Le llamamos así porque tiene una pierna medio torcida y apenas la puede mover si no es haciendo “estira-encoges” con ella. Parece que la enseña y la oculta, el mamón, cuando camina. Es un tío gracioso, buena persona, aunque se enfada mucho cuando pierde, y me hace mucha gracia cuando airea esos cuatro dientes mellados llenos de sarro; su boca parece la entrada de un sucio taller de motos, pero me cae muy bien. Ya le tengo ganadas diez canicas de cristal y siete de barro cocido. Le tengo que recordar que antes de regresar a nuestras celdas debe ayudarme a tapar los agujeros del “gua” porque después se enfada “el Gran Celador”, y no hay nada que tema más que esa mirada incendiada de odio que lanza cuando le carcome la ira.

─Ayer me paré a observar otras cosas en el patio. Los muros también son muy altos, calculo que cerca de diez metros, lo cual me parece exagerado para una cárcel. Y no sé por qué el trozo de cielo que se ve desde allí es de un calor amoratado; además, nunca hay nubes,… ni una; debería ser azul y a veces nuboso, como lo ha sido siempre… digo yo. Sin embargo nadie parece extrañarse por ello…

─Por cierto; no quiero que se me acerque más el chalado del escondite. Es un mamón pesado. Ya le he dicho que soy demasiado obeso y que mis anchuras me impiden encontrar sitio alguno en el patio donde poder esconderme,… pero insiste e insiste, el “cagajón”. Anteayer consiguió convencer a un flacucho desdichado para jugar con él, y el muy “toca huevos” consentidor no se separó de mi espalda para que le hiciera sombra hasta que consiguió el otro bobo descubrirle… al cabo de una hora. Estoy harto del jueguecito absurdo. Si no fuera porque esto es una cárcel, parecería que estoy en un manicomio.

─Bueno; creo que por hoy es bastante. Si tengo que entregar esta agenda no quiero que se sepa más de lo que me dijeron que escribiera. Es mejor ocultar los malos pensamientos que a veces se me cruzan por la mente. Estoy muy enojado por estar aquí injustamente, y es mejor que no delate todo lo que siento.

─Han abierto la celda y creo que nos llevan al desayuno. A ver cuál es la sorpresa. Te dejo, por el momento.

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