Tres encuentros

La primera vez que se cruzó con aquel individuo se dijo que su aspecto era bastante extraño. Estaban solos en el compartimento y el botón del decimoquinto piso era el único que permanecía encendido. Una cara llena de aristas enmarcaba su inexpresividad haciendo de él un personaje frio y misterioso. Procuró borrar de su mente esa impresión de rechazo; ya se sabe, todos nos equivocamos alguna vez juzgando a los demás a las primeras de cambio por el simple hecho de que su físico no nos complace en ese instante.

Desdeñó de inmediato ese sentimiento negativo, pero no pudo evitar dedicarle un fuerte improperio cuando el tipo le empujó sin contemplaciones haciéndole salir del ascensor tras abrirse las puertas automáticas. Antes de cerrarse de nuevo, observó que mantenía aquella cara inmutable, pétrea y adusta, sin siquiera mirarle, y eso le dejó en un estado de rabia y desasosiego que le duraría el resto de aquella tediosa mañana de octubre.

El timbre de alarma sonó con intensidad. El ascensor parecía haberse averiado y aquel tipo antipático se había quedado atrapado en él. Apenas unos segundos después, el guardia de seguridad se acercó hasta la planta y se dispuso a cumplir con su trabajo. Creyó escucharle decir que la caja del ascensor había quedado atrapada tras caer tres plantas más abajo.

Bueno; él allí no pintaba nada, pensó.

Intentó olvidarlo y dirigió sus pasos hasta la mesita donde día tras día se consumía supervisando los odiosos formularios que le correspondía tramitar en la compañía de seguros donde su brillante carrera de Económicas había conseguido encajar a duras penas su vital subsistencia. Allí encerraba su vida desde hacía tres años, entre expediente y expediente; cien veces el reiterativo “… dígame, agente Parson al habla…” contestando al teléfono, o doscientas y tantas más “… lo siento, su reclamación no podemos atenderla, señor, su póliza no lo cubre…”, hasta que de nuevo llegaba el momento de recuperar su libertad y vuelta a empezar, día tras día. Así se sentía, preso de ese arresto, un dejà vu indefinido y rotatorio, algo irreal proyectado por la rutina devoradora que impedía hacer de su persona un hombre medianamente feliz.

La segunda ocasión en que llegó a cruzarse con él fue el viernes siguiente, en la acera frente al edificio del “Ohio, Insurance & Reinsurance Company”. Curiosamente no se sintió sorprendido. El café largo de la mañana no había conseguido todavía abrirle los ojos a la realidad de lo cotidiano. La noche anterior la había pasado en su apartamento bebiendo aquel licor tan fuerte mientras apretaba los botones del mando a distancia cambiando entre las treinta cadenas de la televisión estatal que siempre le resultaban igual de aburridas. A juzgar por su demacrado aspecto, la mezcla del mezcal y la basura televisiva parecían haber operado en él un efecto alucinógeno.

Apenas se dio cuenta. El sueño contenido y su caminar despreocupado le hizo dar de bruces una vez más contra el robusto cuerpo del enigmático personaje que de nuevo le apartó de su camino con un fuerte empujón. Un entrecortado “hijo de la gran puta…” se le escapó entre los labios, pero esta vez el contacto le produjo una sensación…, digamos, “íntima”, como si lo conociera de siempre, una reminiscencia tremendamente excitante. Su reacción fue la misma que la del día anterior: serio y callado como un severo moái, sin un solo gesto que indicara concederle la oportunidad de dirigirse a él. El sueño y la sorpresa le impidieron observar cómo a sus espaldas un individuo de aspecto funesto guardaba en el bolsillo de su gabardina un afilado y cortante instrumento mientras a toda prisa tomaba el camino contrario.

El tercer y último encuentro fue el decisivo. Ese lunes, tras apearse del taxi, le vio venir con la intención de acometerle de nuevo, pero esta vez fue más rápido y consiguió apartarse de su camino mientras asomaba en su cara esa sonrisa bobalicona que se le pone a todo hijo de vecino cuando considera para sus adentros haber logrado un merecido triunfo… En mala hora; el enorme macetón cayó desde el quinto piso y le acertó de pleno para fracturarle el cráneo sin que apenas le diera tiempo para darse cuenta de que su ángel protector se había cansado por fin de librarle de tantos peligros. Sí vio su sonrisa entre las aristas de sus labios mientras le oyó canturrear: “… dos y no más, Santo Tomás”.

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