Corazón de hombre

Era un bello atardecer. El sol lucía ya maduro a última hora del equinoccio primaveral e invitaba a contemplar el poético horizonte desde aquella mi atalaya tan privilegiada. Me sentí verdaderamente omnipotente ante aquella magnífica vista y exhalé un suspiro de orgullo; comprendí en ese momento de debilidad que debía aprovechar la oportunidad de los sentidos, vivirla un instante rindiendo por una sola vez este aislado paradigma de mi presencia singular y encuadrar entre mis manos aquel plano de grises tornasolados y cálidos azules, como evocados desde un cuento de hadas, para después hacer de ellos una eterna postal con la que recordar aquel momento inenarrable.

De nada me valdría allí el conocimiento de todo y me abandoné a la ignorancia; comprendí que la omnisciencia sería para mí ese enemigo traidor que me hurtaría el inmenso placer de disfrutar de tamaña belleza. Mas después, admirado y sorprendido al decaer el amigable astro entre las anaranjadas luces de su eventual despedida, me sentí triste y desarmado por no poder disfrutar esos instantes de plenitud con los ojos, la mente, las manos y el corazón del hombre; y comprendí que estaba condenado para siempre a ser su Dios y cederle en exclusiva los placeres de mi creación…

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