A orillas del mar

Las estrechas y encaladas callejas del pequeño pueblo marinero se escondieron por fin entre la penumbra absorbente del anochecer. La plaza se ha quedado a solas con sus recuerdos. Dos pares de mortecinas farolas, bastante distanciadas entre sí, intentan luchar inútilmente contra la espesa negrura que de pronto ha envuelto su entorno; parecen querer hablarse entre ellas como para quitarse de encima el miedo que las atenaza frente a la soledad. Unas risas burlonas se mezclan con los chistes soeces de un par de rezagados borrachos que, mal que bien, consiguen salir por la puerta de la taberna empujados amistosamente por su dueño; agarrándose nerviosamente el uno del otro, después de unos cuantos bailes y tropiezos propios de su más que provocada falta de equilibrio, consiguen sustentarse lo suficiente como para no caer al adoquinado y perderse después entre las sombras en dirección a sus respectivas moradas, deseándose entonces desde lejos con sus lenguas de trapo un feliz hasta mañana.

En ese silencio especial no del todo callado, todo se impregna del fuerte sudor de las olas que se hacen escuchar en su pleamar con tonos violentos, pero armoniosos, como si cantaran al improvisado oyente una triste canción de amor y rechazo a medida que avanzan hasta las rocas, rozando y atrapando entre sus furiosas curvas envolventes la esquiva arena de la playa para desaparecer por fin engullidas en el esponjoso lecho de su fina sílice y agonizar entre las espumas de su contenida rabia y la impotencia de no lograr formar cuerpo con ella; pero una y otra vez lo vuelven a intentar, sin lograrlo, aún a pesar de su insistente, pero hermosa, cabezonería.

Las intrincadas redes que los pescadores habían dejado expuestas al secado de aquella primera noche de agosto, casi desgastadas por su continuo uso, aún guardaban entre sus mallas algunos restos, ya casi resecos y en estado de cierta descomposición, de algún que otro pescado de desecho que, por lo indigerible y desabrido de su carne, ni siquiera habían tenido la suerte de contribuir con su muerte al menos para aplacar el hambre de los famélicos gatos que deambulan por los alrededores del pequeño puerto, siempre al acecho de la oportunidad y la rapiña de la salobre carnaza.

De vez en vez, también se unían a ellos una pareja de perros callejeros que debieron perder la tutoría de sus fallecidos amos y se convirtieron sin quererlo en pulgosos libertos descubriendo por fin ese mundo exterior del que tanto desconocían. Pese a las naturales fobias de unos y otros, ambas especies, felinos y cánidos, en estas contadas ocasiones procuraban ignorarse con la meta común de procurarse el frugal festín de la manera más plácida posible, manteniéndose a una distancia prudencial y respetando el territorio ocupado por el contrario.La llegada de los cánidos abría un juego táctico entre ambas facciones; mientras la pareja de perros se limitaba en principio a estudiar la situación a una distancia prudente, los gatos empinaban sus lomos erizados y se hacían fuertes en número defendiendo con bufidos de advertencia el extremo más alejado de las redes. A esto se unía el brillo fantasmagórico de sus pupilas en medio de la oscuridad, verdes unas veces, amarillas otras pero siempre espeluznantes, creando con ello un clímax idóneo para dejar bien claro a sus indeseados invitados de mesa cuáles eran los límites de su sagrado territorio. Los perros enseguida entendían el mensaje y se limitaban a volver la cabeza y a escrudiñar con su fino olfato el otro extremo para seguidamente localizar los pequeños y ocasionales bocados que engullían a todo correr sin apenas masticarlos. Acabada la limpieza, y sosegada en lo posible la implacable gazuza de ambos, otra cosa cantaría…

Pero esa es otra historia.

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El pueblecito costero apenas da asilo a un centenar de personas que viven exclusivamente de la pesca, de un pequeño rebaño de cabras y ocho viejas vacas que malamente surten de la leche necesaria para trocar su nata en suculenta mantequilla; mientras que de aquellas lanudas chivas, aunque dan gran trabajo al pastor ─a la vez alcalde, cartero y antiguo practicante del poblado del que no se ha librado de sus pinchazos trasero alguno de los allí residentes─ vale la pena probar esos untuosos quesos extendidos en un verdadero pan candeal que se paladean en boca con dulces sabores de hierba fresca y flores silvestres.

Los más pudientes, por llamarlos así, de esta forma tan pretenciosa y suculenta pero tan alejada de la realidad, disponen de unos pequeños terrenos donde cultivan mancomunadamente los huertos que dotan a la mermada población de las principales hortalizas y tubérculos. Son gente pobre y sencilla; no pasan hambre, cierto es, y aunque carecen de todos esos lujos, excesos y comodidades de nuestra insalubre y urbanita vida actual, ellos dicen que con eso tienen de todo y no necesitan de más cosas.

Aquí la vida transcurre a caballo de la tranquilidad y el buen hacer de sus gentes, entre la incertidumbre del mar y el sosiego de la plaza del pueblo, donde los más viejos ─mientras el resto de los pocos hombres salen a partirse el pecho en la mar─ se cobijan en la taberna y juegan en respetuoso silencio al dominó, mientras sorben muy poquito a poco unos chatitos de un vino blanco, producto casero de unas pocas cepas, embocado, algo pálido y lechoso, muy agradable de tomar. Pero en ambos lugares se ven siempre los mismos rostros curtidos por el trabajo y la experiencia de la observación. Son mujeres y hombres de un tiempo estancado en la bondad de un momento más humanizado… Somos nosotros hace un siglo, un punto de retorno que incita a retomarnos en nuestra naturaleza más ancestral para poder sentirnos de nuevo como realmente nos crearon, desnudos, débiles y expuestos a la crudeza de un mundo que siempre exige de nosotros el más duro trabajo y la continua observación para seguir aprendiendo día tras día que la vida hay que ganársela por méritos en la lucha.

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Hoy te levantas sin ganas, contrito, como queriendo exonerar tu culpa por irte.

Han sido siete días inolvidables, perdido en las entrañas de un extraño tiempo pasado que jamás olvidarás. Hasta echarás de menos el pútrido olor del pescado echado a perder; y sobre todo a esas gentes entrañables que te ofrecieron su casa, la desinteresada amistad y sus pocos bienes para disfrutarlos contigo al mismo tiempo; a esos últimos borrachos que siguen cantando noche tras noche las mismas canciones que hablan del mar, del vino, de malas mujeres e historias inventadas de enormes monstruos marinos, mientras el dueño tira de ellos hacia el exterior y les cierra las puertas de la vieja taberna, la única que sirve a su vez de alcaldía, tahona y botica… Y el canto inolvidable al anochecer de esas olas en la pleamar, sufriendo en tu interior sus llantos al desaparecer engullidas en el esponjoso lecho de la arena que acaba de un golpe en las rocas; mientras tú, sentado de nuevo en la orilla, expuesto en la piedra más cercana donde te han salpicado tantas veces con sus blancas manos, has dejado caer otras cien lágrimas tan salobres como sus propias aguas, por fin has explotado en loca alegría al sentirte orgulloso de tanta belleza regalada y, para no perderla nunca y gozar para siempre en sus caricias y embates, has soñado con ser una estatua hecha de su fina sal y disolverte poco a poco en su espuma tras observarla mil años seguidos agonizando contigo a tus pies…

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