La leyenda india (V. 2.0)

Cuenta una antiquísima leyenda india ─casi desconocida por haberse perdido los últimos vestigios de esa extinta raza indígena─ que las almas de sus guerreros fallecidos quedaban pululando en el éter como suaves plumas suspendidas en una especie de dimensión a la que llamaban «Saa´h», y así se mantenían en ese quieto limbo hasta que volvían a reencarnarse en otra nueva vida. Pero había una ocasión muy especial cada siete lustros en que un bello ángel con figura de exuberante mujer elegía a su pareja de entre los guerreros que habían fallecido ya seis veces, en cuyo caso la reencarnación no conocería más la muerte, permitiéndosele así vivir junto a ella para siempre una séptima y última vez en la misma tierra de sus antepasados.

Explica también que la angelical hembra ─descrita a veces en sus versos populares como «… de larga melena negra y sensuales labios dispuestos siempre a recibir los ardorosos besos del guerrero felizmente elegido…»─ seguiría un breve pero complicado ritual antes de consumar su decisión: ejecutaría una danza junto a un crepitante fuego avivado por las blancas brasas de varias estrellas fugaces, a cuyo alrededor removería sus caderas con enardecida voluptuosidad mientras cantaba un extraño himno nupcial y, después de saludar con mucho respeto y una suave inclinación de cabeza a las siete viejas indias que le harían coro para aprobar el protocolo de su frenético baile, le entregaría finalmente al afortunado una fina red confeccionada con los sedosos y níveos hilos del primer calostro de la Vía Láctea para que él se la lanzara, y con ello quedaría prendida de su eterno amor. Después, el guerrero y la hermosa india vivirían eternamente en lozana juventud, sin que nada ni nadie pudiera separarlos, con la sola obligación por parte de aquel de atender los íntimos deseos de la hembra en todos los momentos que ella quisiera, pero bajo la dura pena de una muerte eterna caso de contravenir esa condición.

También dice la fábula que no es el gato el que tiene siete vidas, sino el hombre; y aclara que es por eso que siempre se confundió una realidad con otra, pues en verdad es el guerrero quien se hace acompañar siete veces de un felino de esta especie en su largo caminar por esas siete vivencias terrenales.

Dicen los legendarios versos que las almas de estos animales domésticos también están presentes en el «Saa´h», y es allí cuando el guerrero elegido adopta después una de esas félidas almas para marcharse con él reencarnado y agarrando firmemente la cintura de la bella india. La figura del gato es todo un símbolo de futuro, porque ─sigue diciendo─ «… al regresar a la tierra de sus antepasados el guerrero hará de ese gato su alimento diario, quien renacerá cada vez tras ser devorado y su carne imperecedera les hará subsistir a ambos por los tiempos de los tiempos».

Fue esto lo que le ocurrió al indio Zum’ah, aunque –para ser sinceros─ … algo… algo diferente.

Y ya que veo que has tenido la bendita paciencia de llegar hasta aquí, bueno será que conozcas cómo acaba esta historia…

Antes te he de decir que Zum’ah fue siempre algo torpe y sus seis vidas anteriores no le sirvieron de mucho en cuanto a la oportunidad de saber tomar experiencia de las cosas; por eso en la aldea era conocido con un apelativo entre jocoso y cariñoso, algo así como “El Guerrero Bobo”, traducción más o menos aproximada. Y sus gentes no se equivocaban, esa es la verdad.

Bueno; pues lo cierto es que una mañana de pleno invierno amaneció el poblado totalmente nevado, consecuencia lógica de la tormenta ocurrida durante la noche anterior. Los alimentos ya estaban escaseando, como también las pieles para combatir los extremos fríos de la larga estación, haciéndose necesaria una partida de caza y aprovisionar a la aldea. Como es lógico, a ella se unió Zum’ah quien, después de pertrecharse con su arco y un carcaj repleto de flechas, partió de inmediato junto con el resto de los guerreros dispuesto a obtener la pieza más grande y conseguir con ello el reconocimiento de toda su tribu.

Quiso Manitou que en su segundo día de marcha la partida de cazadores llegara a una nevada y extensa llanura donde pudieron divisar a cientos de enormes búfalos que pastaban a su solaz en pacífica congregación. A una orden del jefe de la partida todos se agacharon y guardaron silencio esperando sus órdenes; una señal de éste les indicó que se fueran acercando formando una línea en forma de media luna hasta la distancia más favorable al tiro de sus flechas, abarcando entre todos un ángulo lo más seguro posible dispuestos a tensar y disparar sus arcos contra aquellas moles de sabrosa carne.

Pero sucedió que el Gran Espíritu no quiso esta vez ponerse al lado de los voluntariosos guerreros. Un simple resfriado y el inoportuno estornudo de Zum’ah lo cambió todo y, tras provocar la estampida de tan poderosa manada, éste tuvo la mala fortuna de ser arrollado y pisoteado cientos de miles de veces por las poderosas pezuñas de esos animales, quedando allí descuartizado, totalmente ensangrentado y perdiendo su sexta vida de esta manera tan cruel y estúpida.

¡Pobre Zum’ah…!

Pero espera… hay algo más… Le quedaba una séptima oportunidad, ¿recuerdas…?

Fueron veintiocho los lustros que transcurrieron hasta que Zum’ah tuvo la gran suerte de ser elegido por la angelical dama india de esta leyenda. Mientras su alma estallaba en un gozo inmenso soñando ya en la forma que gozaría eternamente junto a la bella hembra, aquella terminó su danza y ─cumpliendo el rito conforme a esta fábula─ lanzó hacia él la fina red pidiéndole que le prendiera con ella para obtener definitivamente su amor. Zum’ah ─muy torpe él, como ya he dicho─ cumplió raudo el recado, pero con tan mala fortuna y peor puntería que la red fue a parar hasta la canosa y casposa cabeza de Seit’ah, la más fea de las siete viejas que le hacían de coro alrededor de la hoguera… Y ya puestos, nervioso del todo, pero creyendo con ello cumplido el encargo, tomó el alma de la bella como si el mismo félido fuera, trastocando de esta forma tan burda el sagrado rito y saliendo los tres del limbo para reencarnarse de nuevo en la aldea.

Lo cierto es que, desde entonces, Zum’ah se ve obligado a bregar cada dos por tres con la vieja elegida según lo exigido por la antigua leyenda. Mientras tanto, llora cada día muy amargamente al tener que deglutir la carne de la bella india que, suplantando al gato, ahora alimenta a ambos por los siglos de los siglos.

Te preguntarás que, si no existe vestigio alguno de esa extinguida raza, cómo es posible que conozca tan bien la leyenda… Pues… tan sencillo como que yo soy Zum’ah.

Perdona; tengo que retirarme… me llama de nuevo la vieja Seit’ah… ¡Es insaciable…!

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