Son las 06:27

Son la 06:27 y sube al vagón portando bajo el brazo su viejo laptop. Este amanecer le ha despertado con ganas de esbozar algunas ideas; el trayecto es largo y ese amable tiempo que distancia la salida y llegada del viaje es como un caramelo con el que endulzar su voraz paladar de buen escritor. Toma asiento, se despereza y, entre irónico y sorprendido, observa la conocida cara que refleja el grueso cristal que separa el iluminado interior del tren con el solitario andén de la estación que tantas veces le ha visto subirse al mismo convoy… Tres minutos de espera le servirán para analizar por centésima vez esas caras que también le observan con tanta y diversa curiosidad; son los conocidos rostros de todos los días, esos entrañables desconocidos que viven una pequeña parte de sus vidas diarias aunados de cuerpo con él en esa fría caja de hierro que los transporta al aburrido mundo de lo real, parte inseparable del conjunto de una misma y anodina entidad, el grupo, el indefinible y descerebrado grupo…

La idea le asusta y le enfada, gira su cabeza para fijar la vista en lo indefinido y conseguir abstraerse de ellos para poder aflorar en su mente ese esbozado relato que le haga sentir de nuevo la fuerza de que el corazón es lo único que no se comparte en plural mayestático, que la belleza no es unívoca, que la piedad es ciega y que el hombre, por el hombre, necesita sentirse liberto para apropiar sus propios sentimientos a solas de los otros, para imaginar ideas, idear historias, vivirlas muy intensamente… Y, sin embargo, al pensarlo, le asalta la pena de esa soledad…

Parte el tren… Son las 06:30 y observa cómo el averiado reloj del andén se va haciendo cada vez más pequeño y sigue marcando las 18:30 de no se sabe qué día ni año… Una joven bien parecida se sienta frente a él, con mucha educación le saluda, le ignora después y con parsimonia se dispone a leer una gruesa novela de Harlan Ellison, “No tengo boca y debo gritar”, consigue leer al revés… El título le agobia, no hay nada peor que no poderse expresar… Él deja de observarla, se siente algo avergonzado y destapa su laptop con un gesto mecánico… De pronto consigue abstraerse y se siente libre, nota que se ha abierto la sesión de los cien mil mundos imaginables, de los miles de relatos y micro-cuentos que estallan en su interiorizada sala de proyección… Y en la pantalla un signo expectante le hace unos rápidos guiños, le incita al guión, le acalora y, antes de dar con el fin de una bella historia, se sienta en la única butaca que llena el salón y escribe un título para no perderla: “Las páginas no escritas”… Son las 06:36 y espera con ansia a sus musas… Resta una distancia que se le hará muy corta…, demasiado corta…

 

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