No tuve más remedio

En apenas cinco noches hizo conmigo mil perrerías. Me hizo pasar hambre y sed durante todo ese tiempo, me presentó en sociedad ocultando mi nombre sin saber por qué, me obligó a relacionarme con gente anodina que ni siquiera me interesaba; e incluso “él” decidió el momento más oportuno en que trabar conversación, y jamás me dio oportunidad de elegir mis compañías… Esta vez me ha obligado a caer borracho en la cama, levantarme a las tres de la madrugada con una resaca de caballo y después salir de nuevo en mitad de la noche con una pertinaz lluvia que me cala hasta los huesos; ni siquiera se le ha ocurrido darme la oportunidad de ponerme una prenda de abrigo antes de salir a la intemperie, coger un paraguas o una gabardina para no calarme, o entrar en algún bar y dejarme tomar un café caliente para paliar mis temblores y secar mis escasas ropas.

Como por arte de magia y sin saber cómo, de pronto me encuentro paseando frente a un oscuro parque, en medio de esta estrecha calle donde la luz de las farolas brilla por su ausencia; pero lo que más me aterroriza es comprobar que llevo escondido tras la chaqueta un enorme y afilado cuchillo de carnicero acompañando a este terrible odio que estalla en mi corazón cuando veo a esa prostituta que pacientemente espera cobijada en un sucio portal, presta a ofrecer sus servicios por un par de peniques al primer cabrón que aparezca… Me acerco hasta ella y estudio sus facciones, sus ojos, su vientre…, y –me estremezco- ¡la forma más rápida de destriparla sin que se haga oír…!

Lo siento… Es superior a mi naturaleza… Yo no soy así. Esta vez no voy a consentirlo… ¡Son veinte ya…! Me indigna, me repugna, odio estas carnicerías sin sentido, esta mente desquiciada que rompe mi alma en desperdigados trozos… Ya no puedo más y he decidido volver al apartamento por mi cuenta…, junto a “él”. Miro los tristes ojos de la joven prostituta y noto en su congelada mirada que “él” se ha dormido…, pero yo no. Es el mejor momento de acabar con aquella locura macabra y no la desaprovecho. Me traslado rápidamente… Ahora le veo…, roncando, sentado frente al escritorio y apoyada la ilustre cabeza junto a su teclado… La luz proyectada de la pequeña lámpara ilumina con saña su incipiente calva. Me acerco en volandas, con la misma ligereza de una idea… Está profundamente dormido… No… Más bien borracho, a juzgar por la vacía botella de Jack Daniel’s caída en la alfombra… Sé que mi momento ha llegado… Estoy harto… No más manejos. Alzo el cuchillo, apunto a su cuello y, cuando empiezo a cantar victoria y pienso que todo ha acabado…, “él” se despierta, se desaturde y toma de nuevo el teclado haciendo danzar por encima sus febriles y alocados dedos, deprisa, mucho más deprisa, y mira la blanca pantalla…, y ríe y ríe como un loco… ¡Dios…! Otra vez me encuentro en la estrecha calle…, calado de nuevo y pasando frío, frente al mugroso portal del barrio de furcias baratas, destripando el inocente vientre de ese otro personaje inventado que también sufre la trama forjada en su loca mente… ¡Maldito escritor…! ¡Ya son veintiuna…!

 

-o-o-o-o-o-

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