Demodé

Limpió el fondo del cenicero con la consumida boquilla de esperanza muerta y se tapó la cara con las manos trémulas. En la mesa brillaron dos fotos de pasados tiempos, dos pequeños marcos de un par de ajados momentos robados al tiempo de un marchito antaño, de rancios suspiros fielmente apresados en jaulas de blanco y negro cristal donde el amor y el amargo sabor de la hiel se mezclaron después en eternos bucles, del dulce al amargo, del amargo al dulce, en mayor o menor medida, con las secas lágrimas que llenan los sendos dedales que dieron costura a sus viejas telas… Él tras la cámara, captor de sus curvas; y ella en la playa, eufórica de sí, en plétora de suaves gracias, con aquel bikini de rabiosa moda, demodé en la hora de las doce en punto, pero acorde entonces a su grácil cuerpo de los años treinta… Hace siete lustros que sufre en la espera y ella aún no viene…, ella no regresa… Se quedó en la playa… Y él en la reserva. Deslizó el revólver de la sobaquera, observó sin ganas la curvada ánima del frío cañón, miró su reloj y lloró a Manuela…, Manuela…, Manuela…

 

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