Su ansiada amiga

Al subir, los tres últimos pasos sonaron inquietos y marcaron con dudas el trozo de suelo que en breves momentos ya no pisarían más las gastadas suelas de sus viejas botas. El cuervo con pinta de pato graznó sonriente, y en el vacío horizonte de aquel mundo plano se dejaron ver los primeros buitres castrados de alas oliendo la pronta carroña de un cuerpo sin dueño. La triste figura del Guardián se acercó al instante, le miró a las cuencas de su tibia cara, succionó sus ojos para ver su horror, masticó el cerebro para ser su mente, rechupó las viejas papilas de la yerta lengua rebuscando en ellas el amargo sabor de la hiel humana… Después, aspiró con gula el frío sudor del durmiente eterno y le dejó escuchar su última frase: «No tiembles, maldito…, no despertarás ya de tu mala suerte… Galopa ahora en mi negra chepa y deja que sea yo el que apriete la soga hasta el mismo límite… No te harás daño más alguno… Las sombras del Miedo y la Cobardía no pueden matarte de nuevo… Odiaste la Vida…, quisiste la Muerte… ¡Duerme para siempre, mi querido amigo…!»

 

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