No estamos solos

Le advirtieron con mucha insistencia que, una vez llegado a los límites con el espacio exterior, cerrara herméticamente el casco de la escafandra y que no se le ocurriera quitárselo hasta nueva orden. La capacidad del elemento vital que llenaba por completo su traje de explorador espacial duraría al menos cuatro horas; poco antes se vería obligado a renovarlo, por lo que tendría que mantenerse siempre cerca del suministro, evacuar el desecho por la espita de vaciado y volver a llenarlo al mismo tiempo mediante aquel ingenioso sistema de succión que tenía acoplado a su espalda.

Casi sin esperarlo, los indicadores de la mini pantalla virtual proyectada dentro del casco le confirmaron que estaba a punto de traspasar la línea que dividía su mundo con lo desconocido y que debía prepararse para penetrar en la ignota naturaleza que envolvía aquel vacío tan brillante y caluroso. Dio las últimas batidas y accedió al exterior. Cuando llegó a la playa todos los bañistas huyeron despavoridos ante la escalofriante visión de aquel enorme pulpo embutido en un extraño traje de buzo.

 

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