Hasta el fin de trayecto

Aquella mañana comenzaban a caer los primeros copos de nieve cuando me disponía a tomar el tren que me llevaría hasta Innsbruck. Absorto en mis pensamientos, me dije que desde Viena tendría tiempo suficiente para concretar mi plan y analizar con toda tranquilidad las posibles alternativas; cerca de cinco horas de viaje daban para mucho, incluso para disfrutar por última vez desde la ventanilla del cómodo railjet los blancos parajes del trayecto hasta llegar a la capital del Tirol. Siempre que pude me había congratulado de repetir aquel hermoso viaje. Era encantador recorrer toda Austria de este a oeste y encontrarse al final con una ciudad tan acogedora como Innsbruck. Pero esta vez no era el ocio el motivo de mi desplazamiento, sino otro bien distinto: mi suicidio.

No soy un hombre agraciado, antes al contrario. La naturaleza no se apiadó de mí cuando se le antojó dejarme en este mundo. No tengo tara alguna, pero mi cara lo pone todo en mi contra; grande y cuadrada, hacía huir de mi lado cualquiera posibilidad de flirteo con las féminas. Ni siquiera las poco agraciadas se acercaban a mí. Aclaro que ese no era el único motivo de mi decisión, como tampoco había nada en particular en aquella ciudad que me llevara a ejecutar en ella mi última voluntad… El viaje era una especie de dulce incentivo, un último regalo a mi penosa existencia en este mundo de idiotas y, además, en último término, tengo que confesar que no me apetecía morir en Viena; allí el recurso más a mano hubiera sido utilizar un vulgar revólver apuntando al fondo de mi boca, o quizá lanzarse bajo las ruedas de cualquier camión en la autopista…, tristes formas de morir, en definitiva. Por eso mi ego insistió en que merecía algo mejor; al fin y al cabo mi economía me lo permitía y decidí que por qué no darme ese último gustazo y morir de una manera digna y llena de acción, como a mí me gustaba, practicando mi deporte favorito. Lo tenía todo dispuesto: subiría hasta uno de los centros de esquí –quizá la estación de Patscherkofel, me encantaba aquella montaña- y me deslizaría libremente desde lo más alto de la cima hasta alcanzar el despeñadero más profundo… Y después volaría…, volaría olvidándome de todo durante esos etéreos segundos en los que el alma parece aferrarse al cuerpo con unos sutiles hilos de translúcido y quebradizo cristal, como una articulada marioneta de hielo, para después romper de una vez por todas esas finas conexiones con la vida y dejarlo caer abandonándolo a su suerte final… El resto lo haría el frío y la nieve…, si es que fallaba el golpe fatídico, algo más que improbable en aquellas alturas.

Convoy 3, Fila 6, Asiento 5… Esos eran los guarismos que dictaba mi billete. Me encantaba viajar al lado del ventanal y pedí expresamente al expendedor esa plaza en concreto. Tras subir al vagón oteé el pasillo y, después de localizar mi cómodo asiento y poner a buen recaudo el minúsculo maletín de viaje en su compartimento, me dispuse a tomar posesión del mismo cuando una voz femenina lanzó tras de mí una extraña pregunta:

─ ¿El 365, señor…? –dijo.

─ ¿Perdón…, como dice…? -inquirí dándome la vuelta para encontrarme de improviso con su rostro muy cercano a mi cara.

─Que si su billete es el 365 -repitió, apartándose un poco-… Quiero decir…, el asiento cinco de esta fila, señor…

─ ¡Oh! Sí…, cierto… Mi asiento es el de la ventanilla…, el número cinco, como usted dice, señora -me quedé extasiado al sumergirme en la profundidad de aquellos ojos tan humanos y sugestivos.

─Verá…, perdone mis modales… Sé que voy a ser un tanto ineducada, pero yo… yo le rogaría que me cediera el asiento de la ventanilla… Sufro de cierta ansiedad en los espacios cerrados y me relaja mucho contemplar el paisaje más de cerca… Perdone -continuó sin darme tiempo a contestar-… Ya sé que no me conoce de nada, que estoy abusando de su amabilidad, y si no quiere no se lo voy a reprochar, señor… señor…

─ Schröder…, Frank Schöeder, señora…

─Mary…, puede llamarme Mary, por favor…

Me pareció mentira, y en aquel momento no me lo reproché, pero en apenas unos segundos aquellos cautivadores ojos habían conseguido minimizar mi voluntad hasta dejarme a la altura de un niño de cuatro años… Me hicieron sentir una cobarde sumisión y respeto al mismo tiempo, como si ella fuera dueña de mi persona. Confieso que cualquiera pudiera pensar que lo que me pasó por la cabeza en ese momento debió ser ese loco gusanillo de conquistador que todos los hombres llevamos impreso en nuestra matriz biológica hasta el mismo lecho de muerte, para mí desde luego una suerte imposible, entrado ya en los cincuenta y con una cara tan fea como la mía … Sé lo que digo; soy médico, y en el hospital en el que trabajo he tenido la ocasión de ver a muchos ancianos desahuciados piropear groseramente a las jóvenes enfermeras de turno desde el mismo lecho de muerte. Pero no fue así en mi caso; aquella dama tenía algo muy especial, y no era precisamente su sensualidad lo que atraía mi curiosidad, aunque reconozco que toda su naturaleza gozaba de ciertas virtudes femeninas muy dignas de admirar… Yo diría más bien que era…, era…, su seria autoridad… Sí, eso es…, autoridad, en el sentido más estricto del término.

─Por favor, señora –contesté de inmediato rendido a sus pies-… Le ruego que haga uso de mi asiento. Será un honor para mí intercambiarlo con el suyo y gozar de su compañía durante todo el trayecto –continué, fascinado conmigo mismo al escucharme decir semejantes majaderías propias de un bobo joven enamorado.

─Muchas gracias, Frank… -dijo escuetamente, pero arrastrando con cierta propiedad mi nombre de pila, quiero creer que en señal de su logrado triunfo.

Tomó asiento sin más y yo a su lado, y aproveché algunos segundos, en que se distrajo mirando tras la ventanilla y su castaña melena se abrió lo suficiente, para dejarme observar en su estilizado cuello tres negros guarismos góticos tatuados por debajo de la oreja izquierda: 365. Aquel tatuaje me dejó ensimismado, no porque ese número coincidiera con el de mi pasaje –que ya era una verdadera casualidad-, ni porque lo llevara exhibiendo en su cuello -que tampoco era muy usual-, sino por su especial e inconfundible estilo gráfico. Siendo un chico, desde que cayó en mis manos un ejemplar de terror de Allan Poe, su lectura me causó tal impacto emocional que erróneamente llegué a asociar todo lo gótico con la muerte… Y bien es cierto que no me hice cirujano precisamente por ese miedo a descoser y coser cadáveres humanos, algo de lo que siempre intenté zafarme en las prácticas forenses de la universidad, muchas de las veces con muy poca suerte.

En estas divagaciones estaba cuando un alto y musculoso caballero nos pidió excusas educadamente y tomó asiento frente a nosotros, también al lado de la ventanilla y haciendo gala de una brillante calva mientras procuraba no dar a Mary con sus fornidas piernas.

─Perdonen ustedes que les incomode… Un poco más y pierdo el tren… Me llamo Enstein…, Albert Enstein… -dijo sonriendo con su chistosa cara de cerdito de cuento infantil.

Yo estuve a punto de romper en carcajadas. Era evidente que, o aquel tipo nos estaba tomando el pelo, o sus padres pretendieron con él un hilarante experimento de querer y no poder. Él se dio cuenta de la sorpresa que debió pintarse en mi cara y enseguida continuó diciendo:

─Sí; ya sé que le parecerá irrisorio… A pesar del parecido, nada tengo que ver con el gran genio de la relatividad, como tampoco mi nivel intelectivo llega siquiera a la diezmillonésima parte del famoso sabio… Pero, qué quiere, esos son mi nombre y apellido y no he pensado todavía en cambiármelos… ¿Y ustedes son…? –inquirió terminando su innecesaria justificación y consiguiendo romper aquella situación tan grotesca.

Iba a presentarme cuando Mary se dirigió directamente a nuestro acompañante y le preguntó:

─ ¿El 367, señor Enstein…? –dijo.

─ ¿Perdón…, como dice…? –se quedó sorprendido por tan críptica pregunta.

─Que si su billete es el 367 –le aclaró-… Quiero decir…, el asiento siete de esta fila…

─ ¡Oh! Sí, claro… Es el de esta ventanilla…, el asiento número siete, como usted dice –contestó quedándose con ciertas dudas y escrutando de nuevo su billete por si acaso, como si hubiera ocupado el asiento que no le correspondiera, y quizá también descolocado con la penetrante mirada de su interlocutora.

─Verá…, perdone mi atrevimiento… Yo le rogaría que me cediera su asiento… Me relaja mucho contemplar el paisaje desde la ventanilla, pero prefiero ir de espaldas a la dirección de marcha… Excúseme si le he incomodado -continuó sin darle tampoco tiempo a contestar-… Ya sé que abuso de su amabilidad, Albert…

Aquella conversación y táctica idénticas a las que había utilizado antes conmigo para lograr el asiento me hizo entrar en guardia. Algo raro estaba pasando y no sabía qué era. Aquella mujer era extraña, muy extraña, y su comportamiento de todo punto extravagante.

─Por supuesto… No hay problema alguno. Me sentaré al lado del caballero, si a usted no le importa, señor…

─Frank…, me llamo Frank –le dije con cara de pocos amigos sin querer desvelarle mi apellido.

Cuando se sentó a mi lado pude observarle más de cerca y me di cuenta de que carecía del más mínimo trazo de pelo, incluso de pestañas y cejas. Mi deformación profesional me llevó a analizarle clínicamente sin él saberlo; tenía toda la pinta de estar recibiendo sesiones de radioterapia y desprendía ese olor acre tan característico que tienen todos los enfermos crónicos de cáncer. Aunque su aspecto parecía fuerte, me dio la sensación de que pocos meses de vida le permitirían seguir disfrutando de este mundo. Quién sabe…, quizá fuera mejor para él; cuando a uno le pilla una de esas enfermedades incurables lo mejor es hacer las maletas y despedirse lo antes posible.

Mary nos sonrió a los dos y, después de dar un profundo suspiro, se quedó mirando de nuevo tras la ventanilla disfrutando del nevado paisaje que iba pasando ante nosotros a más de 120 Km/hora. El railjet había partido hacía unos diez minutos y estaba empezando a devorar la distancia que nos separaba hasta Innsbruck.

Al principio no me di cuenta, pero de nuevo me llamó la atención la zona alta de su cuello, bajo la oreja derecha… Un movimiento de su mano, intentando instintivamente colocarse la melena para ocultar esa zona, la dejó aún más al descubierto facilitándome descubrir en ella otros tres guarismos góticos: 367. De nuevo las misteriosas coincidencias… Aquello no era normal y me produjo una sensación de inestabilidad emocional.

Me hubiera resultado fácil preguntar a la dama la razón de aquellos tatuajes góticos, pero siempre fui una persona comedida y no me atrevía a recibir una contestación del estilo “a usted qué le importa”. Por eso no tuve más remedio que elucubrar; y precisamente esas divagaciones me llevaron a aumentar aún más mi nerviosismo. Las coincidencias eran realmente asombrosas e inexplicables. Aquella mujer no podía saber de antemano que ambos subiríamos a ese convoy del tren, como tampoco los números de nuestros respectivos asientos para hacerlos coincidir con los de sus tatuajes… Además caí también en la cuenta de otros dos detalles no menos inquietantes: ambos “olíamos” a muerto…, yo por tener decidido suicidarme y aquel fornido tipo por razón de su evidente enfermedad. En definitiva, éramos dos sujetos terminales, y esas dos últimas circunstancias sí eran coincidentemente importantes.

─Mrs. Mary… -me atreví a dirigirme a la dama- ¿Es éste un viaje de placer para usted, o le lleva a Innsbruck algo especial…?

─Fui escritora, Frank -me contestó maternalmente-… Estos viajes de un lado para otro me sirven para reunir material, y es la primera vez que voy a visitar Innsbruck…, al menos hasta el final del trayecto…

─ ¿Pero por qué habla usted en pasado, Mrs. Mary…? –interrumpió Albert poniendo cara de asombro.

─Mi nombre fue Mary Shelley. Ahora estoy reescribiendo en mi eterno sueño la más importante de mis obras; digamos que voy a darle un toque aún más científico y aprovecharé para ponerlo al día, un nuevo Prometeo que rivalice con los más fuertes poderes de la naturaleza….

─Habla usted en un pasado inquietante Mrs. Shelley… Los tres estamos vivos y disfrutando del trayecto, señora –dije de muy mal humor…

─En realidad, amigos míos –me interrumpió-, los tres estamos realizando este viaje espectral y, aunque yo ya no existo, ustedes siguen viviendo en mis letras eternamente y son parte de mis sueños creativos, hoy aquí, mañana en Londres y otro día en Roma… ¡Qué más da el lugar…! Pero no deben sorprenderse; ustedes lo sabían… Repasen sus papeles en mi novela… Son carroña, ya lo sé, pero también idea pura, sueños y partes inseparables de mi personaje más célebre… Frank y señor Enstein… ¡No se alarmen, por favor…!

 

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