Abierto 24 horas

 

Vástagos de un dios maldito atacan sus perdidos sentidos, hieden las silentes mentes a su contacto e insuflan engañosas mentiras sobre su ya inmortal existencia; se agarran a esas desventuradas almas, las consumen, mastican, estrujan, trituran, revuelven y cuelan los zumos de sus avaricias y odios, tirando el sobrante al cubo inorgánico para ser recicladas mil veces de nuevo, y mezclan después el venenoso zumo con el lechoso ron que supuran los homosexuales senos de ese dios maldito para hacerse con ellos enormes daikiris que tragan sus fauces hambrientas de sed de maldad… Hacen largas colas tras el escusado y expulsan sin pausa negros chorretones de alcohólico orín que después retornan al grifo para lavar con él sus ensuciadas copas…

Es el Bar del Infierno, donde la lujuria es moneda de pago en billetes de mil…, y las calaveras sus cóncavas copas siempre a rebosar…, y la barra un entretejido de largas columnas de descarnadas vértebras cosidas entre sí por secas arterias, tras la cual, sonriente y jadeante de viscosas babas, enseñando su boca de fiero caimán, el barman bate con celo su amada coctelera, al tiempo que marca con ella los estruendosos golpes de un enorme gong que golpea el dios… Y viste tan sólo una pajarita anudada al cuello con un ojo en medio por el que vigila a los camareros que surten los zumos…

(Del Libro de las Voces Silentes, Hecho 99)

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