Duerme…

Duerme, duerme, duerme quedamente la niña en el bosque… De piel sonrosada y tersa, pequeña de estatura, cabecita alegre, cabellos castaños en una corta melena, diez años cumplidos y una burda muñeca de trapo en sus brazos reposa mirándola insensible con los zafios ojos de una negra tela… Dos lágrimas de incomprendido amor escapan de los sorprendidos iris de un puro azul hurtado al cielo, fijos y distantes; miran desde el suelo el lejano horizonte de un futuro ya imposible, inexistente, arcano por siempre… Su inocente cara de ángel alado ha dejado marcada su impronta en el barro pastoso del bosque, tan sólo de un lado, y en las comisuras de sus pequeños labios de infantil esencia, siguiendo las curvas del borbollón sangriento por el que se escapó su último suspiro de joven vida, danza aún caliente y atónita una inútil pregunta sin respuesta: ¿Por qué… papá…?

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