Hecatombe

Samuel miró tras el grueso cristal y por unos segundos dejó en libertad sus pensamientos. La mañana amaneció gris y comenzaban a caer las primeras gotas de esa fría lluvia de invierno que a menudo cauteriza nuestros deseos de caminar con tal de no exponernos a las caprichosas inclemencias del tiempo, aunque quizá algunas veces deseemos que nos azote la cara para seguir sintiéndonos vivos, o quién sabe si como un pequeño castigo que acaso nos fuera a limpiar los pecados de nuestra torturada alma. A unos doscientos metros se podía divisar las difusas líneas que todavía llegaban a dibujar la presencia del edificio San Jorge, construido apenas hacía una década como centro cultural y de negocios. Ahora, casi derruido y enseñando sin recato parte de su inmenso esqueleto de metal, era el único lugar donde podría encontrar unas horas más de sosiego. Unos amenazantes y negros nimbos rodeaban sus plantas superiores y se habían concentrando sobre toda la zona dejando caer con abundancia su fría carga de granizo dotándola de un aspecto lechoso y gélido, más oscuro y tenebroso, si cabe. Aún así sabía que no había excusa, que donde estaba ya no tenía seguridad y no lo quedaría mas remedio que trasladarse hasta allí lo antes posible…

Él” no había cejado en su empeño de perseguirle y sabía que más pronto que tarde daría finalmente con su rastro. Tomó de la mesa la recortada y escondió en el bolsillo interior del anorak toda la munición que pudo; después se dirigió hacia la puerta de la armería pensando si al fin podría escapar de ese horror y encontrar otro superviviente de la catástrofe. La explosión había sido corta pero sus efectos fueron devastadores. Cuando recuperó el conocimiento todo lo que vio fue muerte, destrucción por doquier y… ni un alma. A partir de ese momento no recordaba otra cosa que su empeño en huir de aquel ser que le acechaba en cada esquina, en cada lugar que encontraba de cobijo, que le ululaba a veces exigiéndole, y cernía calladamente otras, esperando el momento idóneo para echarse sobre él y conseguir su objetivo final. De eso ya hacía más de tres semanas, según sus cuentas, y su velada presencia se había vuelto insoportable.

Desencajó como pudo uno de los batientes de la puerta de emergencia y salió al exterior. El correr nervioso de un par de huidizas ratas que se le cruzaron al paso le hicieron llevar apresuradamente la mano hacia el gatillo, pero paró a tiempo de no malgastar uno de los dos preciados cartuchos; alzó la capucha del anorak sobre la cabeza y encaminó sus pasos hacia el derruido edificio. Las calles eran un inmenso cúmulo de polvo apelmazado, cascotes y cadáveres destrozados por la explosión, ahora pasto de los cientos de roedores que aprovechaban sin vergüenza el gratuito festín que les había brindado la hecatombe. Un profundo olor a descomposición y muerte lo inundaba todo y la soledad adquiría un peso inaguantable. Se sentía descompuesto, abandonado, y nada ni nadie le hubiera podido consolar esa odiosa sensación de notarse quizás el único”… Llevaba recorridos unos ciento ochenta metros y el acceso al edificio se le descubrió de pronto inaccesible… Todo era un caos… La amplia escalinata estaba partida en dos por un gran socavón que dejaba ver sin pudor las profundidades de un terreno herido donde las galerías de las apestosas cloacas de la ciudad se confundían sin orden ni concierto con los gruesos cables eléctricos y las canalizaciones de agua y gas, mientras parte de la primera planta de la edificación se había vencido sobre la entrada principal y las cuatro grandes columnas que otrora decoraban su magnífica antesala eran ahora enormes fragmentos de costosa piedra quebrada y machacada por la ciclópea presión que habían soportado hasta desfallecer. Consiguió encontrar un lugar por el que cruzar hasta la entrada y observó que, pese a los graves destrozos, una de las columnas se había quebrado en dos y su parte inferior -la más corta y robusta- aún conseguía sostener un hueco suficiente para dar entrada al menos a dos o tres hombres.

De nuevo comenzó a granizar, ésta vez con enorme fuerza, y eso le decidió sin más a internarse por aquella cavidad y buscar el cobijo necesario. Dio un largo salto, tropezó de lado contra el resto de la columna cayendo al suelo y se encontró de pronto en el interior; pocos segundos después el orgulloso pilar rindió su última resistencia y una gruesa pared de hormigón cerró definitivamente el acceso por donde había entrado. Se levantó algo magullado y cuando iba a quitarse la capucha escuchó el odioso pitido de su voz… Fue en ese momento exacto cuando se sintió cazado y sin escapatoria alguna… Alzó con terror la vista y allí estaba “Él”, frente por frente, amenazante, mirándole fijamente a los ojos con su malévola faz, ululando su eterna cantinela y cerrándole toda posibilidad de huida… No se lo pensó dos veces y, casi sin apuntar, cuando le vio huir hacia la sala principal por el temor a la recortada, descerrajó ambos gatillos y disparó contra la parte más baja de su espalda ambos cartuchos de sal… Fue entonces cuando dejó de ulular y desapareció como alma que lleva el diablo tapándose el trasero con aquella cartera de negro cuero en la que se leía claramente: “Inspección de Hacienda”. ¡Maldita fuera la hora en que se le olvidó declarar los 300 EUR de aquel puñetero premio de Lotería…!

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