Volver…

-I-

Hacía más de veinte años que Carlos había abandonado el pueblo que le vio crecer, una pequeña villa de apenas quinientos habitantes perdida en medio de la sierra castellano manchega cuyo nombre no viene al caso desvelar. Ahora, en el autobús de línea, él cubría ese viaje de vuelta que tanto tiempo había deseado cumplir; poder ocupar de nuevo el pequeño rincón que le viera crecer allá por los años veinte, recordar aquellas buenas gentes de adustas caras, pasear por última vez por entre los pinares que recordaba con tanto cariño y deleitarse con los aceitados aromas del romero y la salvia, ahora estallando en un pletórico azul floral para solaz de las infatigables abejas. Desde la ventanilla admiraba el rápido transitar del amarillo óleo de los girasoles y quedó ensimismado, intentando proyectarse entre los pétalos de sus redondos florones y explorar en su interior sus delicados entresijos; al verlos todos apretados en luciente e inclinada formación, como rindiéndole una sutil reverencia, su corazón le hizo recordar una vieja canción infantil y no pudo evitar que sus ojos trataran de ocultar ese par de lágrimas que a todos se nos escapan cuando los recuerdos fluyen y acaban por agolparse en nuestra garganta tratando de ahogarnos en un vasto océano de nostalgias.

El frenazo del conductor y el precipitado movimiento de los pasajeros le hicieron entrar de nuevo en la realidad. Cuando se abrieron las puertas esperó a que bajaran y despejaran la salida, tomó la pequeña bolsa de viaje y cubrió los tres peldaños hasta pisar el pavimento de la que siempre había conocido como Plaza Mayor. Buscó la primera placa municipal que alcanzara a descubrir su vista y leyó… “Plaza de la Constitución”. «Lógico -pensó-, los años lo cambian todo». Decidió quedarse allí quieto paladeando esos instantes, y observó con detenimiento la blanca fachada del antiguo Consistorio, a esas primeras horas de la tarde castigada por un sol de justicia que devolvía al distraído transeúnte un lacerante reflejo transformado en una llamarada de agobiante calor. Lo recordaba a duras penas, seguramente debido a las reformas que habría sufrido a lo largo de todos esos años, pero sí reconoció sin lugar a dudas aquel peculiar balcón desde el cual Don Servando –el entonces alcalde y reputado miembro del Partito Comunista- dirigía su grave voz a los escasos lugareños que le observaban embobados desde abajo, arengándoles contra el terror del fascismo hasta conseguir enfervorizarlos y después alentarles a descubrir a los “traidores del pueblo”, empezando por los que moraran sus propias casas. Él apenas tenía trece años y nada sabía de política, pero recordaba que eran tiempos de horror, de enfrentamientos entre hermanos, padres e hijos, de traiciones y envidias personales que la guerra subsumía como entidades propias de la manera más natural e insana. Y aquella pequeña villa tampoco se libró de sus cruentas consecuencias.

Descabalgó de sus pensamientos y encaminó sus pasos hacia la carretera principal, en dirección sur. A unos trescientos metros, si mal no recordaba, debía encontrarse el camino terrizo que conducía al viejo y olvidado caserón, si es que aún seguía resistiéndose en pie. Acomodó sus pasos con la necesaria precaución para evitar los temidos sofocos y fue fijándose en las espinosas y abundantes zarzas que bordeaban la carretera, ofreciendo ahora sus frutos maduros, algunos de un color blanco lechoso, la mayoría de ellos postre sobrero de los golosos tordos y gorriones que los picoteaban con ahínco y glotonería. Tomó un par de los más rojos y limpios, con cuidado para no pincharse, y los fue chupando por el camino sintiendo otra vez en su paladar el ácido sabor de su agreste textura. Eso le hizo rememorar los tiempos de la infancia y la grata compañía de su añorada Isabel, aquella tierna amiga, dulce novia y amante esposa que tanto le amó y tanto le hacía sufrir todavía con su cruel e inesperada partida. Ambos nacieron en el pueblo y, desde que se conocieron en la vieja casona, siendo muy niños, ninguno de los dos supo prescindir de la compañía del otro. ¡Cuántas veces recorrieron ambos de la mano el mismo camino llenando sus cestillos de esos rojos frutos silvestres…! Ahora todo daba igual sin ella, sin explicaciones, sin siquiera una despedida…

-II-

Cuando quiso darse cuenta, se encontró subiendo el serpenteante repecho que conducía hasta la casona. Parecía no haber cambiado nada en aquel lugar; las mismas acacias y moreras que se alineaban a ambos lados del camino desde hacía tantos años, susurrándose como siempre unas a otras a favor del viento con el acompasado movimiento de sus hojas, y los mismos mojones que delimitaban desde entonces las ya abandonadas fincas de secano, todos ellos hablaban claramente de un tiempo que se le antojó estancado en la prehistoria. Allí seguían estando también los anchos muretes de piedra que todavía pretendían separar unos campos de otros, y que a duras penas aguantaban su precaria verticalidad para intentar evitar la posible entrada o apoderamiento por parte de los intrusos, ahora ya innecesario. No le sorprendió, pues, la mareante sensación de verse trasladado a ese otro tiempo, en ese lugar donde los recuerdos no son tales, sino vivencias presentes; notó un repentino escalofrío y -sin saber por qué- por un momento temió sentirse perdido, sin escapatoria posible, como succionado en un furioso bucle de incomprensibles mezclas, nadando entre rancios fotogramas refundidos entre el ayer y el hoy.

Un súbito ahogo le obligó a tomarse un respiro. Su corazón estaba pidiendo ayuda y tenía que socorrerle. Los malditos ahogos le venían anunciando durante los últimos meses que aquel cansado motor estaba a punto de griparse. Decidió regalarse un breve descanso y se sentó con pesadumbre en una piedra que le invitaba a ello desde el mismo borde de la estrecha vereda. La pequeña lagartija que le observaba desde la cercanía, entre curiosa y aterrada, se vio sorprendida por su inesperada acción y salió corriendo a toda prisa para después agazaparse bajo un pedrusco casi oculto tras una pequeña zarza, desde donde seguiría ejerciendo su cuidadosa vigilancia…, por si acaso. Carlos observó con interés su rápida huida y recordó con una amplia sonrisa que Isabel solía cazarlas para estudiarlas mejor desde cerca, pero siempre la cogía de improviso cuando el pequeño e inofensivo reptil hacía soltar a propia voluntad su cola y obtenía de esta guisa su ansiada liberación, dejándola así con dos palmos de narices, el convulso rabillo agitándose todavía entre sus manos con vida propia y ella riendo nerviosa la gracia que le provocaba su burlada cacería. Ambos debían tener más o menos la misma edad, nunca lo supieron y tampoco le dieron importancia, pero ella era la más despierta. Era genial verla carcajearse de esa forma, tan jovial y fresca, emitiendo aquellos delicados gorgoritos y la alegría de vivir marcada en su linda carita de niña traviesa… ¿Tanto tiempo había pasado…? ¡Qué felicidad haber vivido juntos tantos años…! Pero… ¿por qué le abandonó…?

Aquellos buenos recuerdos también le procuraron un profundo dolor, y decidió continuar el camino. El improvisado asiento le había servido de descanso, pero quiso también la natural dureza del tosco granito dejarle el huesudo trasero algo mermado de sensaciones por falta del suficiente riego sanguíneo; al incorporarse sintió los típicos calambres del adormecimiento, y no fue sino pasados un par de minutos de forzar unos andares cortos e inseguros cuando los castigados glúteos acabaron por recuperar su normal vitalidad y Carlos pudo reanudar la marcha, liberado por fin de aquel incómodo malestar.

Unos veinte metros antes de llegar a su destino notó una sensación de congoja que le hizo sentirse débil y pequeño; dejó la bolsa de viaje en el suelo, encima de unas malas hierbas que le parecieron limpias de polvo, y alzó con cierta desazón la vista hacia el final del repecho, como temiendo vivir de nuevo ciertos momentos indeseables de su pasado. Allí estaba su antiguo hogar; se veía abandonado, y las huellas que habían dejado en él las inclemencias del tiempo ayudaron a que, en principio, no lo identificara con la imagen sepia que guardaba en la gaveta de sus vagos recuerdos. La gran casona parecía muy cambiada, incluso se le antojó más pequeña y su aspecto era en verdad deprimente. El hermoso pinar que recordaba de antaño, espeso y lozano, rodeándola por tres de sus lados con sus verdes copas, pletórico de piñatas, amo y señor de sus frescas sombras, estaba ahora desabrido, seco y cruelmente muerto. La hojarasca de la invasiva hiedra cubría la gastada fachada de la edificación con un verdor mortecino y desigual, y sus finas ramas se introducían entre las hendiduras de las piedras para después salir por cualquier fisura y chivatear sus recónditos secretos a los innumerables insectos que campaban a sus anchas por entre toda aquella sucia maraña de entremezclados colores verde y marrón. La enorme puerta de doble hoja presentaba también un aspecto deplorable; de hierro forjado, el óxido la había carcomido con saña y ajado de tal manera que más parecía chatarra abandonada que el acceso principal de la mansión. Y por encima de la puerta, labrado en la larga piedra que hacía de falso dintel ilusoriamente sostenido por dos imitaciones de columnas neoclásicas que enmarcaban la entrada a modo decorativo, seguía resistiendo el desgaste del tiempo el bajorrelieve que cada noche, desde el abandono de Isabel, aparecía en sus insufribles pesadillas: “ORFANATO MUNICIPAL”…

-III-

Dio un pequeño paseo por los alrededores y los recuerdos se fueron amontonando en su cerebro como feroces diablillos. El estrecho camino empedrado de pizarra que conducía hasta el pinar ahora estaba deshecho y levantado; la fuente del Ángel Redentor, quebrada su estilizada figura, la pileta resquebrajada y los grandes macetones de barro cocido que un día contuvieron la vibrante vida de unos jaspeados evónimos eran hoy desconchados recipientes de sucia materia muerta… Todo…, todo seco y triste…, todo ajado por el tiempo y tan sólo lozano en los lejanos recuerdos de una niñez perdida… Sintió un nudo en la garganta y no quiso ver más; volvió sobre sus pasos en dirección a la entrada principal diciéndose que quizás no debiera haber vuelto a ese lugar. Y, ahora que lo pensaba, en realidad ni siquiera sabía por qué había regresado…, de no ser por aquellas pesadillas que actuaron en él como una llamada agónica.

El acceso a la mansión no parecía que pudiera realizarse por la puerta principal; estaba cerrada con llave y, aunque oxidado, un férreo candado firmemente casado a una gruesa cadena aseguraba también la imposibilidad de acceder a su interior por aquella entrada. Carlos recordó entonces la existencia de una pequeña puerta de servicio que daba salida al jardín posterior. Rememoró que en algunas ocasiones, a espaldas de los tutores, se había escapado por allí en compañía de Isabel para jugar ambos entre los pinares, unas veces a las “escondidas“, otras al “tú-la-llevas“, y la mayoría como simple justificación para estar a solas los dos, lejos de la vista de todos, sentarse muy juntos en la base de los pinos y sumergirse en la profundidad de los ojos del otro, estudiándose, pretendiéndose, amándose de forma inocente… Hasta que Doña Felicitas -la gruñona tutora jefe- localizaba por fin su escondite y los mandaba castigados a las habitaciones durante horas para repetir doscientas veces en aquellos improvisados cuadernos de un cuarteado papel de desecho: “LOS NIÑOS DEL ORFANATO NO SE JUNTAN CON LAS NIÑAS DEL ORFANATO“, y al revés… Eso ocurría cuando era ella quien los descubría, porque de ser el director del Centro -el maldito y odiado señor Cifuentes- quien lo hiciera, el castigo se convertía en la brutal crueldad de azotarlos por separado a la asustada vista del otro con el grasiento zurriago que sujetaba sus anchos pantalones. Siempre supo por qué el muy cerdo repartía los golpes en aquella silla maciza de su oficina cuyo asiento se acomodaba a su orondo y sucio trasero…; para que no se le cayeran. Que Dios lo acogiera en su seno, pero en realidad le deseaba que sufriera en el infierno mil veces cada jornada durante mil años aquellos injustos y viles castigos que tanto les hizo sufrir a ambos.

Se dirigió hasta la parte trasera de la casona y, si bien se encontraba medio oculto por la hiedra que había invadido la casi la totalidad de la pared exterior, enseguida encontró el recoleto acceso a la misma. La estrecha puerta, de una madera ya podrida y sin apenas vestigio de la brillante pintura que en mejores tiempos luciera, estaba desvencijada y parecía ofrecer la posibilidad de dar acceso al interior. Se dispuso a hacerlo, y también a encontrar serios inconvenientes, pero cuando tomó en sus manos uno de sus batientes y comenzaba a forzar su apertura, se encontró con la sorpresa de abrirse sin esfuerzo alguno y franquearle camino libre a su intromisión. No se lo pensó dos veces y entró, pero le extrañó mucho esa pasmosa facilidad para acceder al interior; de no ser por lo abandonado del lugar, daba la sensación de que aquella entrada hubiera sido usada antes por alguien conocedor de su existencia y después ocultada de la mejor manera posible para no levantar sospechas. Pero acabó por desechar la idea; no era posible que alguien se atreviera a entrar en aquella ruinosa casa de locos, ni siquiera para guarecerse de las inclemencias del tiempo.

Aunque todavía la tarde aguantaba los últimos rayos del sol, el hall que antecedía se mantenía en una oscuridad absoluta. Dejó que sus ojos se acomodaran al ambiente mientras intentaba hacer memoria de aquellos pasillos y compartimentos que durante largos años supusieron para él lo más parecido a un hogar, el único hogar que conoció en su vida. Hasta donde alcanzaban sus recuerdos, sabía que siguiendo recto daría con las cocinas y, tras ellas, el enorme y rectangular salón donde a diario los tutores reunían a los casi cincuenta huérfanos con que contaba el orfanato, niños y niñas separados en mesas diferentes; allí se repartían las mermadas raciones en las respectivas escudillas desde cuatro ollas de barro donde preparaban el ágape a base de aquella insípida sopa de tripas de cordero o patas de gallina, las veces más felices migada con el pan duro de centeno sobrante que el orfanato recibía de los lugareños para “ayuda” de los niños acogidos. Pero, en realidad, no había para más, y a veces ni siquiera eso… ¡Tiempos de dolor y hambre…!

-IV-

El aspecto de las cocinas era desastroso; el suelo, hecho de una fea cerámica que en su tiempo quiso aparentar el de una villa romana, estaba lleno de mugre, cucarachas, un montón de papeles arrugados y algunos utensilios rotos que en su día alimentaron las pequeñas y hambrientas bocas de los infantes huérfanos. En un rincón de lo que entonces sirvió como alacena, aunque llenos de polvo y espesas telarañas, aún se mantenían en pie los escobones con que Carlos y el resto de huérfanos varones eran “obsequiados”, después del frugal alimento, para limpiar con ellos hasta la última mota de desperdicios que hubieran podido quedar en el suelo o en las mesas del salón, aunque en realidad jamás los hubo, ni siquiera los huesecillos de aquellas amarillentas patas de gallina; las niñas, por su parte, eran las encargadas de lavar las lozas en los dos pilones que poco antes habían llenado con el agua del pozo, transportada por sus enclenques brazos en pesados cubos de hojalata desde un lejano rincón del jardín hasta las cocinas.

Mientras, los tutores, ellas y ellos, después de apartarse para sí dos de las mesas hasta el ventanal de mayor claridad, unirlas y decorarlas con un lustroso mantel y limpias servilletas de paño bordado, se quedaban sentados a su alrededor disfrutando de un suculento almuerzo que, a su término, siempre acababan engalanando con un aromoso café portugués de estraperlo y –cómo no- sus amigos los postres caseros. Siendo ellos los encargados también de la limpieza y del barrido posterior, esperaban con impaciencia tras la puerta a que acabaran de comer los mayores mientras escuchaban a escondidas y en silencio, todos ellos escobón en mano, sus serias conversaciones pegando bien la oreja a la gruesa madera. Después, una vez recibida desde dentro la autoritaria y altisonante orden del grasiento señor Cifuentes, entraban todos a una en la estancia y, cuando se hubieron marchado, rebuscaban entre aquellas sobras un decente hueso de chuleta que volver a roer, alguna que otra migaja de pan blando o, con mucha suerte, un descuidado trozo de aquellos apetitosos bollitos de azúcar y anís que veía devorar con tanta fruición a Doña Felicitas en alguna ocasión que se atrevió a entornar la puerta del salón y observarla por la estrecha rendija, mientras que a él y al resto de sus compañeros se les escapaba la baba por las comisuras de sus famélicas bocas…

Le pareció escuchar un ruido extraño y se detuvo poco antes de cruzar el umbral del salón procurando aguzar bien el oído… Fueron unos escasos segundos y, tras la corta espera, de nuevo creyó oír unos sonidos que parecían proceder de la entrada principal, como una especie de débil taconeo acompasado, los pasos de una mujer quizás… Pero eso era imposible, se dijo. Nadie en su sano juicio viviría en aquel ruinoso lugar, y menos una mujer. Por si acaso, retrocedió hasta las cocinas y tomó en sus manos una de aquellas carcomidas escobas; quizás hubiera necesidad de ahuyentar a algo o a alguien… Entró en el salón y, de súbito, sintió un fuerte hedor y la presencia de algo indefinible; la luz del atardecer entraba a duras penas por las estrechas rendijas que quedaban entre las claveteadas tablas que tapaban los tres ventanales, pero lo suficiente como para darse cuenta de que aquella estancia ya no tenía nada que ver con la de sus recuerdos… Las paredes aparecían desconchadas y apenas quedaban un par de mesas desvencijadas, mientras en el centro se acumulaban muy juntos toda clase de objetos herrumbrosos, cubos de estaño, tablas, cuencos rotos, ropa vieja y hasta un trozo mediano de una de esas piezas de material ondulado que servían para cubrir los chamizos a modo de rústico tejado… Se le antojó pensar que parecía el abandonado asentamiento de un explorador perdido en medio de una ciudad en ruinas. Mientras observaba aquel triste entorno, sintió como un susurro parecido al roce de telas entre sí y se mantuvo quieto y vigilante; algo oscuro parecía estar moviéndose entre aquellos cubos… Dejó la bolsa de viaje en el suelo y alzó enhiesta la escoba acercándose con sigilo hasta el irregular cúmulo de basuras, y en un momento descubrió por fin la procedencia de aquel mal olor… Un par de enormes ratas salieron bufando a toda velocidad tomando la salida del salón en dirección contraria a la suya, hacia las escaleras de la entrada principal, dejando a medio roer un pútrido conejillo que, para su fatalidad, debió tener la osadía de adentrarse en la casona a saber por cuál de sus ignotos agujeros…

-V-

Recogió la bolsa y tiró su improvisada e inservible arma sobre aquel montón de cosas inútiles. Su vista ya se había acostumbrado a la semipenumbra y pudo distinguir con algo más de detalle aquella sorprendente acumulación de basuras. Retiró con la punta del pie el cadáver del insensato conejillo y le llamó la atención el débil destello de algo redondo y metálico. Se agachó a recogerlo y su sorpresa fue mayúscula cuando descubrió en su mano la vieja medalla de San Francisco de Asís que ya había dado por perdida desde hacía un tiempo… Fue un regalo de Isabel; él siempre le tuvo grandes temores a las tormentas, en especial a los rayos. Ella le dijo que el santo le protegería siempre contra esas inclemencias del tiempo, y desde entonces siempre la había llevado colgada a su cuello, sin separarse de ella ni siquiera para ducharse. Lo que no entendía era cómo había llegado a parar hasta allí… Observó que uno de los eslabones de la cadena estaba roto y se la guardó sin más en el bolsillo de la chaqueta pensando en llevarla al orfebre para repararla.

Subiendo por las escaleras de la entrada por donde huyeron los asustados roedores se accedía a la oficina del director, primero, y tras ella se encontraría con la biblioteca y el pasillo de acceso a la galería donde se ubicaban lo que fueron dormitorios de los huérfanos, varones a la izquierda y chicas a la derecha, separados ambos por un murete de algo más de metro y medio de altura que nunca llegó a impedir las mutuas miradas de curiosidad entre ambos sexos, aun a pesar de extenderse verticalmente hasta el techo por una celosía de enrejada urdimbre. Allí mismo se gestó el interés y los primeros flirteos entre Carlos e Isabel, mientras el resto de las niñas, Clara, Virginia, Antolina, Fernanda, Sara, Berta, Mónica y Marta, cuchicheaban entre ellas cuando alzaban sus cabezas por ambos lados del murete charlando de sus cosas, y sin embargo todas ellas sabían del inconfesable secreto. Nadie le dijo nada a él del grave inconveniente de esas relaciones, aunque entonces todo fueran simples e inocentes escarceos de niños, ni siquiera la misma Isabel… «Tenemos el asiento número 32, pero… ¡no se os ocurra decírselo…!», le había oído en una ocasión lanzar esa enigmática advertencia al resto de sus compañeras… «¡Él es sólo mío…!», también les había amenazado muchas veces en voz baja, pero con un tono áspero… No le dio mayor importancia porque tampoco entendía muy bien a las chicas… Todas estaban un poco locas, se decía, e Isabel, aunque era su ojito derecho, también debía compartir esa extraña locura por simples “privilegios” de sexo… Tampoco sabía por qué era el muchacho más disputado de aquel gallinero; quizás fuera su altura superior a la de los demás, o sus finas facciones casi femeninas, o quién sabe si su forma de andar, moverse, o vete a saber por qué… Lo cierto es que parecía ser el rey de reyes entre los cuarenta varones que ocupaban el lado izquierdo del pabellón, y en especial la posesión preferida de su querida Isabel. Lo que supo muchos años después le pareció enfermizo e imperdonable, y se sintió herido…, muy herido y suciamente utilizado.

Le asaltaron de nuevo los fuertes dolores de cabeza y volvió a sentir esa contradictoria sensación de no saber dónde estar y, sin embargo, haber vivido cien veces antes aquella experiencia; se encontraba subiendo la amplia escalinata que daba al piso superior y aprovechó para sentarse unos instantes en uno de los peldaños y poder recuperarse así de ese mortificante “déjà vu”. Recordaba cómo él e Isabel, sólo cuando los tutores dormían plácidamente su siesta, se deslizaban cada uno por los pasamanos jugando a quién de los dos llegaba el primero resbalando por ellos hasta el vestíbulo; y también cómo, en las muchas ocasiones en que se descuidaba, las entonces dos pequeñas protuberancias de su varonil sexo quedaban atoradas entre su raído calzón y la encerada madera del barandal produciéndose la imprevista frenada, y a él un insoportable dolor… Y, como es lógico deducir, esa contingencia le significaba la pérdida segura de la apuesta… Las risas y choteos de Isabel no se hacían esperar, orgullosa ella de carecer de esos “inconvenientes”, y en medio de esas sonoras rechiflas casi siempre solía despertarse el odiado señor Cifuentes para, después de cazarles y penarles con su sermón, les hacía subir hasta su despacho para dedicarles unos cuantos minutos de ardorosa “charla de cinto y tralla”, como él lo llamaba de forma vengativa y rebuscada.

Cuando entró en el despacho le pareció haber dado un nuevo salto en el tiempo, volviendo a sentir la misma desagradable sensación de haberlo vivido antes. De nuevo se le apoderó el dolor de cabeza y tuvo necesidad de tomar asiento en la vieja silla que aún se conservaba junto al polvoriento escritorio del director. El compartimento era de unos diez metros cuadrados, iluminado por un amplio ventanal que daba al jardín lateral, ahora casi tapado por las entrecruzadas maderas de pino viejo; los antiguos muebles labrados a mano en maciza madera de excelente roble, algo rebuscados pero acordes al gusto de la época, aún se mantenían en perfecto uso y no llegaba a entender por qué el ayuntamiento no los había vendido a alguna almoneda, pues su antigüedad y excelente manufactura les hacía tener un gran valor para un coleccionista entendido. Sobre la mesa se conservaba orgulloso un viejo tintero de grueso cristal y una colección de despuntadas plumillas desparramadas en una vulgar cajita de manchada madera.

Cuatro librerías remataban la composición del despacho; en la primera de ellas se acomodaban varios libros de registro del orfanato ordenados por años, mientras en la siguiente se apilaban sin orden alguno, unos sobre otros, un montón de legajos y otros tantos libros de rigurosa contabilidad. Un hueco se observaba en la primera de ellas, entre los registros de los años 1923 y 1925… El año 1924 fue un año muy especial para Carlos e Isabel… Abrió el grueso libro existente sobre la mesa y se encontró con un separador entre las páginas 64 y 65 y, como en las otras ocho veces anteriores, leyó con lágrimas en los ojos aquellas mortificantes y tumbadas letras escritas a plumilla:

«Asiento núm. 32.- Dos hermanos gemelos, niño y niña, nos han sido dejados en el día de hoy para su indefinida custodia por el alcalde de esta Villa. Son hijos espurios del depositante y de mujer de monjil clausura cuyos datos no se nos facilitan por el interesado. Nos pide que se les ponga el nombre de Carlos e Isabel, respectivamente. Así lo hago constar, y traslado sus datos de nacimiento al Registro Civil, no haciendo mención expresa de su ilegítima filiación, poniéndoseles a ambos los apellidos de “Expósito de la Iglesia” para el varón, y “De la Villa Expósito”, para la niña. Firmado y fechado en esta Villa el quince de Febrero de mil novecientos veinticuatro. El Director. Gregorio Cifuentes».

¡Malditas…! Todas ellas lo sabían…, y se lo ocultaron; habían hecho de él un asqueroso hermano incestuoso. Colocó la bolsa de viaje encima del escritorio y la sacó para colocarla en la tercera librería… Clara, Virginia, Antolina, Fernanda, Sara, Berta, Mónica y Marta…, todas sus cabezas lucían pútridas pero perfectamente colocadas en el estante intermedio… La de Isabel quedó perfecta en el noveno lugar acabando la macabra lista, y Carlos cerró con parsimonia el acristalado batiente murmurando con saña… «…Malditas pécoras…, malditas pécoras…».

-o-o-o-o-o-

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