SE VENDE

SE VENDE… Así de lacónico rezaba el cartel clavado en el césped. Al principio creí que mi nuevo vecino se había vuelto loco; apenas hacía unos días que se había establecido con su mujer en la casa de enfrente y, por lo visto, ya se había cansado de ella. Cuando hace dos semanas llegaron con el camión de mudanzas tuve una pequeña charla con él y, como buen vecino,  me puse a su disposición para lo que necesitara correspondiéndome amablemente con idéntico ofrecimiento. No pareció que mi aspecto árabe le influyera en mi contra. Puedo afirmar que me sorprendió muy positivamente la empatía y rebosante juventud de Charlie, y me dije que sería bueno trabar su amistad, y hasta compartir con él -¿por qué no?- alguna que otra partida de ajedrez.

Me presentó a su esposa y después me aseguró que si estaban a gusto jamás la vendería. Ella, Betty, la hermosa Betty, era una despampanante morena que derrochaba simpatía y exuberancia, una de esas beldades que te quitan el sueño nada más verla y te hacen mirar al marido con resquemor y dientes largos… No sé si me explico… Cómo diría…, como…, como si en realidad fuera tuya y te la hubiera arrebatado sin derecho alguno… ¿Me entiendes…? Absurdo… ¿verdad? ¡Curiosas sensaciones las que puede exudar un estúpido macho drogado por el “chute” masivo de hormonas tan traicioneras…! Pero bueno; la vida es así, aunque era consciente de que tenía que mostrarme serio y respetar su matrimonio.

Lo cierto es que aquel inesperado cartel anunciando la extraña transacción me dejó sin palabras, y hasta puedo asegurar que también me irritó. No podía ser. Me embargaba la incredulidad. Me dijo que estaba encantado con residir en el barrio, que la casa la habían comprado por muy buen precio y que su intención era echar raíces allí, junto a ella. Por eso no podía creerlo… “SE VENDE”… ¿Por qué hacía esto…? ¿Qué había pasado entre ellos…? Era verdaderamente incomprensible…

Miré incrédulo de nuevo entre las cortinas para confirmar que el cartel seguía allí, a la vista de todos, inmutable, agresivo y con grandes letras, como retándome… Jamás en mi vida había odiado a una cosa inanimada, y además con tanta fuerza, pero ese cartel había logrado despertar en mí unos sentimientos endiablados. Me quedé allí en la ventana, boquiabierto, entre ensimismado e indeciso… Al cabo de unos minutos llegó aquel tipo desconocido, se detuvo frente al cartel y después se dirigió presuroso hacia la entrada de la casa llamando insistentemente a la puerta. Vi salir a Charlie junto a su hermosa mujer y empezó a hablar con el recién llegado de forma muy amistosa… Eso fue ya la gota que colmó el vaso de mi paciencia y sentí que estallaban en mi cabeza toda una guerra de deseos inconfesables. «¡Tengo que evitarlo…!» -me dije. No pude contenerme más, salí corriendo en su dirección y, cuando conseguí colocarme entre los tres, le imploré desperadamente: ─«¡Charlie, Charlie…, por favor, no se la vendas a este tipo! ¿Cuánto quieres por “ella”…?»

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