Peter

Cerró con cuidado la pesada puerta y se limpió los zapatos antes de echarse a descansar. La noche había sido tensa y sabía que al tumbarse olvidaría de nuevo los crímenes cometidos durante las tres últimas horas. Tomó acomodo y se dejó evadir durante unos minutos, la mirada fija hacia el techo, luchando contra la imposibilidad de cerrar los párpados y soñar por fin con algo delicado y limpio, olvidar el templado olor de la sangre y –si acaso- obtener el perdón de las ánimas que pasaron por el ajusticiamiento de sus descarnadas manos de asesino a sueldo. Peter sabía que era imposible, pero quizás valiera la pena intentarlo, aunque fuera de esa forma cuasi onírica. Al cabo de unos minutos quedó mortíferamente quieto y, al amparo de sus mudos ronquidos, cayó de nuevo en el éxtasis de la rigidez, un nirvana desde luego inmerecido. Antes pudo escuchar cómo sus huesos se acomodaban resonando en aquel escaso espacio y su cráneo olvidaba el horror de esas matanzas. La próxima noche Peter despertaría de nuevo y saldría del oscuro panteón para seguir cumpliendo los cientos de encargos que tenía comprometidos antes de su fatal accidente…

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