Llegó la hora, Mason…

Un…, dos…, tres… Tres agudas campanadas anunciaron que quedaban tan sólo sesenta minutos para la despedida. Ya estaba cercana la madrugada. Aún no se lo podía creer, pero éso sí…, había cenado opíparamente. Se cuidó mucho de pedir lo mejor de lo mejor, todas esas delicatessen que deseó siempre probar y que jamás antes pudo complacerse; hasta el asqueroso sabor a pescado pútrido del negro caviar de beluga que odiaba tanto le supo a gloria… “Que pague el Gobernador…” -se dijo con rabia en su fuero interno. Al menos que saliera caro al Estado haberle sentenciado a muerte. También se tomó el gusto de mandar al páter a freír monas; él no necesitaba de perdones humanos. Lo que sí le extrañó sobremanera fue que el imbécil de su abogado no le hubiera comunicado el cambio de planes para adelantar su ejecución con tantas prisas. Todos los reos condenados con la pena capital llevaban varios años en aquella prisión esperando entrar en el maldito corredor, y él había sido condenado tan sólo hacía un mes… No conseguía entender por qué a él se le negaba ese sagrado derecho de “espera” que tenían los otros presos.

Sonó la media en el reloj. Notó que los latidos de su corazón jugaban en desbocada carrera tratándose de adelantar unos a otros en el rojo hipódromo de su torrente sanguíneo… ─Llegó la hora, Mason… -franquearon dos fornidos guardias la gruesa verja, espetándole con sorna el más grueso ese momento fatídico. ─No te me cagues por el camino, pedazo cabrón… Todos hacéis lo mismo… -siguió con su chanza macabra aquel panzudo uniformado. ─Ahora vas a pagar por fin haber matado a tu madre, ahogándola en la bañera, maldito hijo de perra…

¿Matar a mi madre…? Yo no he matado a mi madre, idiotas…, estáis en un maldito error… Fue a mi jefe a quien me cargué, no a mi madre… Os habéis equivocado de hombre… ¿No me oís, cabrones…? ¡Soltadme…! –les gritó inútilmente mientras era tomado por ambos brazos y arrastrado fuera de la celda hacia el largo corredor…

Bah… Todos intentáis excusaros en el último momento… Sois miseria, pura escoria… -contestó el más alto, riéndose a carcajadas y sujetándose la porra al cinto.

Mason notó que sus piernas le desaparecían de las caderas… ¡Iban a ejecutarle por un delito que él no había cometido…! Estaban en un inmenso error y no querían escucharle; era como para volverse loco… Como una ráfaga, pasó por su mente el fatal desenlace de su último enfrentamiento con Johansson, el odioso jefecillo de sección de la Aseguradora que le tenía amargada la existencia desde su llegada a la Compañía… “Vamos, vamos, Mason –dijo por última vez-. Es usted el tipo más vago que me echado a la cara… Coja esos expedientes y proceda a tramitarlos sin falta…Los quiero en mi despacho en media hora…¡Siiin falta…! ¿Vale…?” –le había escupido en la cara con esos aires chulescos y autoritarios… La ira le cegó, no pudo contenerse y, cuando le golpeó su pelado cráneo con aquel pisapapeles que sin saber cómo apareció entre sus manos, sintió la inmensa alegría de haber librado al mundo de un imbécil más… Pero eso no fue justificación suficiente para que el jurado no le considerara culpable de homicidio en primer grado. Después fue la adusta voz del juez quien le anunció imponerle la máxima pena sin apenas inmutar aquella rala barba de predicador barato.

Apenas tres minutos tardaron ambos guardias en hacerle llegar hasta el funesto final del pasillo; le hicieron sentar en la silla y dos serios verdugos procedieron de inmediato con los pertrechos necesarios para la inminente ejecución. Después salieron del pequeño recinto y Mason quedó amarrado a aquel mueble cruel, enfrentado y solo ante la gruesa vitrina que le separaba de los observadores autorizados…

Un…, dos…, tres…, cuatro agudas campanadas anunciaron que ya no había marcha atrás. Cuando se descubrió la cortina y todos se levantaron aplaudiendo y cantando al unísono «¡Feeeliz, feeeliz cumpleaños…!», su aterrado corazón fue incapaz de soportar la enorme presión y sintió salir de su cuerpo un ánima sorprendida, desprovista totalmente del más mínimo sentido del humor… Pero nadie le había avisado de esa familiar costumbre de los amables carceleros y tampoco se acordó de que era el día de los Santos Inocentes, fecha -hoy- de su último aniversario…

¡Bobo…! Mason nunca estuvo hecho para las sensaciones fuertes, y eso le impidió disfrutar del inigualable placer de poder seguir viviendo…

-o-o-o-o-o-

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4 respuestas a Llegó la hora, Mason…

  1. David Rubio dijo:

    ¡Qué broma tan macabra! Bien llevado el suspense. Un relato digno de aquella fantástica serie “Alfred Hitchcock presenta…”. Un abrazo, Germán

    • Manger dijo:

      Recuerdo esa serie, estimado David, y otras tan buenas como “Rumbo a lo desconocido”, o las teatralizadas “Historias para no dormir” de Ibáñez Serrador… y eran sensacionales. Muchas gracias por tu inmerecido comentario. Un fuerte abrazo.

  2. Ana Calabuig dijo:

    Buen relato. Se sigue con interés porque en ningún momento decae. Y el final, sorprendente. Pobre Mason, no pudo celebrar su cumpleaños.
    Leí tus relatos en el Relato del mes y me gustaron mucho. Saludos.

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