El tren de las 06:14

Como cada mañana a las seis, subes al tren de las seis catorce y te embarcas en el mismo trayecto que te ha visto cubrir tantas veces cada madrugada. Llevas tu maleta de siempre, ésa grande de color marrón oscuro, cuarteada y casi rota por el intenso uso que le has dado a lo largo del tiempo y, cuando accedes a la entrada del vagón núm. 8, el de siempre, con un egocéntrico triunfo marcas en tu cara esa media sonrisa que te hace sentirte seguro, casi especial, como un nuevo personaje de Humphrey Bogart dispuesto a interpretar su última película y se queda quieto en el umbral, a la espera de que la rubia dama se lance en su busca y caiga en los brazos de ese macho tan fetén. Suspiras un momento y oteas los asientos; eliges la bancada de la entrada para dominar mejor el fondo del vagón y te sientas junto al pasillo parándote a observar por un breve momento el vulgar trasiego de esas gentes que, como tú, son esclavas del tiempo, de ese mismo tren, de ese viaje que marca también sus aburridos trayectos y se cruzan contigo todos los días… Todos los días… Y aún no saben nada…

Suena el silbato… Ya parte el convoy. Esperas que trascurran otros diez minutos e ignoras la presencia de la vieja dama sentada frente a ti; te ha pedido excusas para acomodarse y tú no has tenido siquiera el valor de mirar sus ojos… Ya no te avergüenzas. Miras el reloj y, cuando el tren alcanza la altura del puente, abres tu maleta, sacas con premura la gran metralleta y disparas mil ráfagas de su lacerante fuego, quebrando sus vidas de cuajo… Diez, veinte…, treinta caen en el vagón ensangrentadas, víctimas de ti, de tu loca mente… Alguien usa el freno, el tren descarrila y cae por el puente al vacío… ¡Qué locura, Dios…!

Son las seis. Hoy hace treinta años que llevo tomando el tren de las seis catorce y es mi aniversario. Una vieja dama sentada frente a mí se excusa conmigo y me hace entrega de un pastel horrendo con treinta velitas de negro azabache del que toma antes un pequeño trozo lleno de gusanos. ¡Oh, joder… Todo se repite…! Mi tiempo es un bucle infinito de brutales muertes, un papel macabro que fielmente interpreto sin necesidad de guión ni golpe de claqueta… Y también mis víctimas cumplen su papel a la perfección. Todavía no te has dado cuenta de que estás muerto en vida, que es mi penitencia la que ahora vivo y jamás habrá para ti un fin misericordioso porque, aun siendo un fantasma, seguiré matando in eternum los mismos fantasmas que no quieren que olvides, porque no te perdonan, y yo seguiré muriendo con ellos una y otra vez…, una y otra vez…

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