Dos monedas de un céntimo

(Cuento en tres actos)

-I-

Se ajustó la hebilla del cinturón y dejó caer tres billetes de cincuenta y dos brillantes monedas de un céntimo sobre la mesita de noche. Que no se dijera que se había ido sin pagar el servicio…, y además con propina, se dijo con una sonrisa malévola. Al hacerlo, casi llega a tirar la fea lamparita que iluminaba malamente aquel dormitorio cargado con un ambiente de diferentes tonalidades de color rojo, e instintivamente hizo un rápido ademán para que no cayera, pero en una fracción de segundo se dio cuenta de que no sería necesario; aquella vieja luminaria dibujó un breve y tímido baile circular y después retomó por sí sola el equilibrio, como riéndose de él, quizás para dejarle bien claro que no necesitaba su maldita ayuda para mantenerse dignamente en pie.

Entró en el servicio y se lavó concienzudamente las manos cuidándose de ser muy meticuloso en borrar todas las huellas. Después de acomodarse la chaqueta, se dispuso a salir del apartamento despidiéndose desde la puerta con un silencioso adiós, haciendo caso omiso al último estertor que aún gemía la vida de aquella lasciva ramera. Odiaba a las putas y Gianni no estaba hoy para bromas; la espera se le estaba haciendo eterna, y ni siquiera esa escasa hora de placer sexual le había aquietado sus ansias de acabar cuanto antes con el problema. La próxima media hora marcaría para siempre su futuro próximo, se dijo, y no dejaría pasar esa oportunidad única de recomponer para siempre su delicada situación personal… «Te lo repito… a las diez en punto…, no faltes. Y no olvides los 3000€; ya sabes que no hablo por hablar, ya me conoces, mi querido y guapo Gianni…», le había dejado bien claro antes de colgar y dejarle con la palabra en la boca. La odiaba, y se avergonzaba de ello, pero ella se lo había buscado a base de machacarle con sus continuas exigencias. Ya no estaba dispuesto a tolerar más extorsiones ni esas llamadas chulescas; ese sinvivir le estaba absorbiendo por dentro las entrañas como una botella de ácido… Aquella mujer había sabido aprovechar durante esos dos años los sucios capítulos de su relación con ella, exprimiéndole hasta el límite su buena voluntad, y estaba claro que tenía que acabar con esa situación de una vez por todas… No había otra salida, o aquello jamás acabaría.

Encaminó sus pasos hacia la Vía Apia Antigua; allí habían quedado citados a petición suya, en la Puerta de San Sebastián, cerca de las catacumbas de San Calixto. Aquella era una zona muy tranquila, casi lúgubre y exclusivamente peatonal; a esa hora ambos pasarían totalmente desapercibidos, sin miedo a miradas y oídos ajenos. Ya había anochecido, pero hacía un tiempo envidiable que invitaba al paseo. Miró su reloj; calculó que caminando tardaría poco más de quince minutos en llegar a su destino y aún le sobraría cerca de otro cuarto de hora. Roma siempre se dejaba ver con gusto y aprovecharía esta nueva ocasión para pasear con tranquilidad por sus antiguas calles e intentar quemar con un par de pitillos sus deseos irrefrenables de salir huyendo. «No puedo echarme atrás…Se lo merece… No hay otra alternativa…», se reafirmaba y pretendía convencerse a cada paso que daba, dándole ánimos a su plan para evitar el nerviosismo que le embargaba. Casi sin darse cuenta, cruzó imprudentemente la calle por un sitio indebido y provocó el frenazo de un taxista que, malhumorado, se cagó literalmente en su padre; gritándole en una especie de dialecto toscano barriobajero, le conminó a cruzar la calzada con prisas y después arrancó a toda pastilla haciendo chirriar los neumáticos en señal de su irascible cabreo. «Bah… pobre hombre, lo siento por su él…» -pensó para sí-, y siguió sumido en sus pensamientos camino hacia las catacumbas.

Pocos minutos después cayó en la cuenta de que ya había traspasado las murallas de la ciudad y se encontraba muy cerca del sitio fijado para el encuentro. Se tomó un pequeño respiro y encendió otro cigarrillo antes de continuar el camino hasta la Puerta de San Sebastián. No vio a nadie por los alrededores y las pocas farolas tampoco se esforzaban mucho en ofrecer una luz decente a las pocas almas que pudieran pasar por el lugar. En aquella parte del recorrido la antigua calzada romana estaba muy bien conservada, por lo que tuvo un especial cuidado de no tirar los restos del consumido cigarrillo y, después de apagar la punta con la yema de los dedos, se lo guardó en el bolsillo de su chaqueta envuelto en un pequeño trozo de papel, en un acto de civismo del que siempre le había gustado hacer gala. No le cansaba repetírselo a los que escuchaban con tanta devoción su excelente oratoria: «Todos tenemos la obligación de ser pulcros con nuestros actos, incluso con las basuras que vamos dejando por ahí… Debemos cuidar el medioambiente, ser amigos y siervos de la limpieza, porque de ello depende también el bienestar de nuestros conciudadanos…» -les decía a sus oyentes-, y por lo tanto no iba a ser él un privilegiado infractor de sus buenos consejos…

Hola, querido Gianni… Mi guapo, esbelto y varonil Gianni… Ya veo que tampoco esta vez has podido sustraerte a mis encantos… -le acometió la voz femenina desde su espalda, cortando el hilo de sus pensamientos y haciéndole girar de sopetón-. Ven…, paseemos…, tenemos mucho de qué hablar… ¿Has traído lo que te dije…? -y le cogió del brazo sin más palabras, dándole besuconas carantoñas en el cuello al mismo tiempo que le hacía caminar lentamente hacia las catacumbas.

Verás, Chiara, no estoy para bromas… Acabemos cuanto antes con esto y cada uno por su lado… ¿te parece? Si quieres podemos acercarnos hasta la entrada de San Calixto y allí te entrego lo que quieres… Pero tienes que prometerme que ésta será la última vez, y que tu boca quedará sellada para siempre…

Y, ciertamente…, para siempre quedó callada. Limpió con esmero la afilada navaja en el bonito vestido de Chiara y, después de encender su pequeña linterna, introdujo el cuerpo exánime en el nicho más apartado de la oscura catacumba. Casi no le había costado esfuerzo quebrantar el cierre y acceder a su interior con ella; era de mediana estatura y algo delgada, aunque muy hermosa y esculturalmente proporcionada. Tampoco se le olvidó su macabro rito: arrojó sobre su vientre tres arrugados billetes de cincuenta y después colocó una moneda de un céntimo en cada uno de sus ojos. Sabía que San Calixto se había cerrado al público para evitar su evidente deterioro y realizar unas obras de mantenimiento que no se iniciarían hasta pasados al menos seis meses… Para entonces sería casi imposible que alguien pudiera vincularle con el asesinato de aquella maldita prostituta…

-II-

Amanecía en Marino. Septiembre ya estaba tocando su fin y se aproximaba la celebración de las fiestas de la uva; unos pocos operarios municipales se encargaban de dar los últimos toques a las engalanadas calles del centro de la ciudad y comprobar el buen funcionamiento de las pequeñas bombas de agua instaladas en las fuentes principales que impulsarían desde sus entrañas unos cuantos hectolitros del viejo vino y, con ello, dar gozosa bienvenida a la nueva cosecha y la renovada fuerza de los jóvenes caldos. La población ya estaba preparaba para recibir a los miles de visitantes que acaparaban todos los años por estas fechas las tiendas y comercios de la ciudad, sus monumentos e iglesias. Su cercanía a Roma, apenas distante unos veinte quilómetros y, en estos días su famosa celebración de la Sagra dell’uva, hacían de la villa un lugar ideal para desplazarse el fin de semana desde la capital y sumergirse en su misteriosa historia medieval, sus acogedoras gentes, los sabrosos platos tradicionales y, sobre todo, el bullicio contagioso de la bacanal juerga.

Paolo Tucci, el joven alcalde elegido en dura competencia con su adversario “Il Grande Signore Di Tomasso”, como se conocía entre la población al ricachón de la destra radicale italiana, había preparado un pregón que –según se decía en sus círculos cercanos- haría saltar las chispas entre ambos. Tucci no era un hombre rencoroso, pero no perdonaría a Di Tomasso las graves calumnias que había vertido sobre él en las pasadas elecciones con tal de obtener los votos necesarios para su reelección, ya hacía año y medio. A pesar del tiempo transcurrido se la tenía jurada, y la gente estaba segura de que ese día, el de la inauguración de las fiestas, sacaría a la luz desde el balcón del Ayuntamiento todas las corruptelas que había conseguido averiguar sobre el orondo personaje de la derecha a base de raspar bien en los archivadores de la corporación local. Como es natural, las gentes estaban deseando que llegara ese día para oírles vociferar e insultarse mutuamente hasta el cansancio, como si este “numerito” formara parte también del -ya de por sí- extenso listado de festejos, pero también para ver al Signore Tucci lanzar al aire las mil monedas de un céntimo que, una vez finalizado el pregón, tenía por costumbre tirar en las fiestas para algarabía de los niños y, por qué no decirlo, también de algunos mayores.

El reloj del consistorio marcó las nueve de la mañana con seis sonoros avisos. Era un antiguo reloj que necesitaba desde hacía años una revisión en condiciones; curiosamente, siempre se atascaba tras tocar el cuarto gong, nunca hacía sonar los del quinto al séptimo y, después de estos tres cadenciosos silencios, continuaba con sus picoteos sonoros hasta completar la secuencia horaria. Al menos esto obligaba a las gentes a practicar algo de matemáticas esenciales cuando pasaban las cuatro de la tarde, o de madrugada, y eso era muy ilustrativo y práctico…, “ayudaba a mantener la mente activa…”, decía con bastante sorna el alcalde cuando se le reclamaba su reparación. Eso sí: siempre tocaba las medias, con lo cual complicaba aún más la vida a los ciudadanos si no se estaba físicamente en la plaza para observar directamente su gran esfera, o se tenía una memoria de elefante para poder recordar la secuencia de la anterior hora en punto.

Era el último domingo del mes de septiembre y, poco a poco, después de haber alimentado sus tempranas necesidades con un frugal desayuno y vestido sus bañados y perfumados cuerpos con el traje más limpio de que disponían en sus armarios, se fueron incorporando las diversas gentes al trasiego de las calles, unos para el simple paseo y tomar el tímido sol otoñal, otros para disfrutar de la compañía de sus amistades de siempre y tomarse a media mañana uno o varios vinitos en Casa Pepone, y otros, los más, esperando el toque de las diez con que las campanadas de la iglesia de Santa María delle Grazie reclamaba todos los días, festivos o no, su impenitente asistencia a la Santa Misa.

El “páter”, como le llamaban sus feligreses, era un hombre afable y, aunque no tenía nada de militar, era conocido con este apelativo castrense por su dura exigencia con las buenas costumbres y la pureza del alma. Poco dado a extravagancias, de unos de treinta y tantos años, dos de ellos en esa parroquia, había sabido ganarse su confianza y apego, y todos le admiraban por sus hermosas homilías, llenas de brillantes y acertadas interpretaciones de las Sagradas Escrituras… “Haced de los demás vuestros más entrañables amigos, y ellos harán de vosotros sus más íntimos tesoros”… Esta era la forma en que siempre despedía la misa en vez del sempiterno y aburrido “podéis ir en paz, hermanos”. Era una frase ingeniosa, a modo de imperativo subliminal, muy efectivo, que encandilaba siempre a los asistentes para salir de la iglesia abrazándose unos a otros… Se les veía en sus caras, y el joven cura se enorgullecía al verlos marchar con esos nuevos aires de amistad y de paz consigo mismo.

-III-

El coche camuflado paró frente a la puerta de la comisaría local bajándose del mismo dos carabinieri y una extraña mujer vestida de negro que cubría su cabeza con un largo velo que ocultaba su cara a la mirada de todos sin disimulo alguno. Un par de ancianos que tomaban el sol sentados en uno de los bancos cercanos se quedaron mirando curiosos, con aire perezoso, apoyadas sus callosas manos sobre la manoseadas garrotas y arrugando aún más, si cabe, los pliegues de sus caras; pero pocos más fueron los que pudieron tomar nota de la llegada de aquella extraña y escoltada fémina y su rápida desaparición tras la puerta de la comisaría. Al cabo de un cuarto de hora volvieron a salir ambos agentes subiéndose de nuevo al vehículo y partiendo con prisas del bonito pueblo de Marino en dirección a Roma.

Siete avisos del deteriorado reloj marcaron las diez de la mañana, casi cinco minutos después de que el campanario de la antiquísima iglesia Santa María delle Grazie hubiera anunciado el reclamo de sus feligreses con un dong dong dong insistente y paternal. Todo estaba listo para la Santa Misa; los numerosos creyentes -(y muchos más fariseos, por qué ocultarlo)- fueron entrando poco a poco y tomando asiento en los duros bancos de vieja madera, lustrados hasta el alma por el roce inveterado de tantas y tantas gentes. El olor a incienso se hacía notar dejando pegada en la pituitaria la agradable sensación de sus fragantes resinas al quemarse, casi como queriendo adormecer cada uno de sus cerebros, prepararlos para hacerse único con el resto y compartir como un solo corazón la alegría de los Salmos… Diríase que actuaba como a modo de anestesia previa a la incruenta operación religiosa. El alcalde y Il Grande Signore Di Tomasso entraron juntos, charlando amigablemente ─cosas de la política, lo que demuestra lo falsa que es esa ciencia una vez llevada a la práctica─ y tomaron asiento preferencial en la primera de las bancas que, por mera casualidad, mira tú por dónde, estaba finamente trabajada con rojos y mullidos paños de un caro terciopelo italiano.

Antes de comenzar la misa, Di Tomasso tenía por costumbre dejar siempre en el cepillo de la iglesia un billete de cincuenta que previamente había apartado en su casa escribiendo en su dorso con letras fácilmente perceptibles… “Para el cepillo de Santa María. Di Tomasso”, lo que le hacía bastante singular; era una curiosa costumbre que había heredado de su difunto padre, a quien de pequeño, en muchas ocasiones, le había observado cómo repartía en su escritorio ciertas cantidades de dinero en diferentes montoncitos, unos más, otros menos, y destinarlos nominativamente a donaciones para las distintas parroquias y centros de asistencia social de Marino; y en todos ellos ponía su marca de origen… para que ellos supieran a quién podrían agradecérselo en el futuro. Era una forma muy sutil de favorecer el clientelismo político, y el hijo, como buen alumno, enseguida entendió el retorcido concepto. Se excusó un momento con el alcalde diciéndole que volvería en unos segundos y allá que se fue hasta el cepillo y depositó su óbolo con el pecho henchido de orgullosa satisfacción.

La celebración de la misa fue todo un acontecimiento. El páter estuvo magnífico, como siempre, pero esta vez había prendido tanto su exaltación del Miserere, que mantuvo a todos los asistentes extasiados en un silencio casi sepulcral ante la magnificencia verbal del sacerdote a la lectura del Salmo. Nadie se dio cuenta cuando, a mitad de la celebración, una extraña mujer vestida totalmente de negro, cubriendo su cabeza con un largo velo, hizo su entrada e hizo resonar en el eco los lentos pasos de sus finos tacones sobre la antigua piedra del templo, parándose después cerca del presbiterio. Llegado el momento crucial de tomar el Cuerpo de Cristo, todos los feligreses fueron incorporándose lentamente a la fila para tomar la comunión. La extraña mujer también se unió a la comitiva y cuando le tocó el turno se despojó del velo y miró fijamente al páter para, después de aceptar la sagrada hostia y musitarle algo, ante su sorpresa, le tomó la mano y dejó en su palma un billete de cincuenta y dos monedas de un céntimo. Después se marchó con urgencia, perdiéndola de vista. Observó el billete con detenimiento, dirigió una intensa mirada a Il Grande Signore y se tapó la cara con vergüenza.

-Epílogo-

No era normal… La hora nona y sonaron tres desacompasadas campanadas en la iglesia Santa María delle Grazie… En una de las cuerdas del campanario colgaba el cuerpo del querido páter Gianni… En su mano derecha arrugaba un viejo billete de cincuenta con una pequeña leyenda manuscrita: “Para el cepillo de Santa María. Di Tomasso”; en la otra apretaba con la fuerza de sus terribles pecados una generosa propina de dos monedas de un céntimo…

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