Torre de Babel

Sabe que ahora ha asesado; se siente pletórico, erudito, aunque no se explica cómo… Jamás estudió el sánscrito, y hete aquí que entiende con soltura, como un anciano brahmán, los textos religiosos más antiguos de la cultura hindú. Podría recitar también el Talmud en su arameo original, y nunca supo de su existencia… Incluso podría hacerlo también en hebreo. Tampoco estudió el griego clásico, pero Hesíodo, Homero y Esquilo son sus autores favoritos; recuerda de memoria cada uno de sus versos y, pese a que nunca los leyó, disfruta, ríe y llora muy internamente sus mitologías, epopeyas y famosas tragedias. Descubre también entre líneas que no fue César el autor de sus guerreras Galias, y jamás conoció del latín más que el nombre… Siempre fue un negado para los idiomas, y ahora domina seis mil lenguas, y otras ya muertas, más cientos de dialectos que jamás pensó entender…

Hasta siente a la perfección el Braille sin necesidad de la sensibilidad de sus dedos…, y nunca fue ciego. Ahora, donde está, se cruza con gentes de todas las razas, y a todas ellas comprende, sin dudas…

No hay Torre de Babel…

Lo que no comprende es por qué está metido en esa oscura caja, desnudo, oliendo a carroña y cubierto con un blanco sudario.

 

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