La ráfaga

Nerviosa y rauda cruzó el poblado jardín del Mundo sin siquiera poder pararse a contemplar por un instante el hermoso bermellón de las rosas del Amor que aún lucían en los espesos bancales; en apenas segundos de múltiples años pretendió sorber entre suspiros los detalles de los empedrados caminos, recoletos a veces, húmedos y resbaladizos, pero no hubo lugar a descansos imprevistos; pensó en depositar sus celosas miradas en el envés de las hojas del viejo olmo de la Ciencia, todavía luciendo algunas de sus últimas inflorescencias, pero prefirió abrazarle suavemente por el tronco, rodearlo tiernamente, acariciar por un breve momento su agrietada corteza de la Cultura y después seguir su etéreo destino. Así hizo, procurando empaparse hasta el fondo los sentidos, sin lograrlo… Y tal como vino se fue, desnuda, inane, harta de maldad y odios, vestida tan sólo con el transparente y negro tul del Desencanto; y en tan corto caminar apenas pudo comprender que no huye el tiempo, sino el ser, que no nació para entender lo que el Más Allá predijo para él, que la vida es un mínimo suspiro, una ráfaga de puro misterio robada al Tiempo para completar una vez más el ciclo evolutivo…

¿O acaso involutivo…?

(Del Libro de las Voces Silentes, Hecho 108)

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