El sofá rojo

Sabía que sus días de vuelo estaban contados; era algo en lo que había venido pensando desde hacía un tiempo, y esta vez quiso congraciarse consigo misma reconociendo por fin que sus fuerzas habían decaído mucho con el transcurrir de esas dos últimas semanas. Era joven, pero muy anciana. El calor era intenso y la sed le impulsó a desplazarse zigzagueante hasta la cocina, donde absorbió con avidez la última gota de aquella agua tan cristalina. Después, casi sin energías, se dispuso a descansar en la salita de estar durante un buen rato, en aquel rojo sofá cuya grata compañía le había procurado todas esas dulces y plácidas ensoñaciones que tanto le hicieron disfrutar. Se notaba floja y decrépita, y nunca el cansancio le había hecho tanta mella. Posó con delicadeza su cansado cuerpo y elevó los grandes ojos hacia el techo en busca de un nuevo sueño, quizás el último. Un grato y pesado sopor se apoderó de ella, y ni siquiera se enteró cuando la peluda araña tendió desde arriba su larga soga de seda e hizo de su volátil cuerpo de mosca la segunda víctima de una sabrosa y suculenta merienda.

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