Et pestis, et dolor

Un día más ha conseguido ver de nuevo los mortecinos rayos de un Sol decadente, un aburrido y vetusto astro que lentamente asciende y se redescubre en el raso horizonte buscando otra vez recorrer la órbita de un planeta ahogado en el odio del hombre, sumiso, lastrado y paciente de peste y dolor. Asoma huidizo, sonrojado, con vieja vergüenza, sin ganas, igual que se fue la tarde anterior. Son las calendas de marzo, el día marcado con saña para ejecutar un plan sibilino escrito por los ideólogos del Gran Exterminio. Saben que los cuerpos flaquean y que son ya muy pocos los que pueden mostrar un signo de fuerza contra su férrea voluntad. En la abominable Mesa Cuadrada trazan su silencioso ataque en distintas lenguas, a nivel mundial, y en las duras caras de esos dictadores se refleja el horrible destino de hambre y miseria, de miles y miles de seres humanos que sobran, que afean la faz de la Tierra con sus excrementos, sus desdichas, tontas religiones, harapos, necesidades vanas y locas maneras. Ha llegado el día primero de marzo, las primas calendas que marcan el ulterior genocidio de las grandes ideas, de las bellas letras, del lustroso arte, del amor del hombre, de las Gracias griegas…

Y el dios Saturno se ha visto de nuevo obligado a devorar a sus hijos con tal de mantener el Reino de Maldad por un poco más de tiempo, cuidando su nido de ratas.

(Del Libro de las Voces Silentes, Hecho 109)

 

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