Estatal 400

Cada mañana, con el alba, Lisandro se incorpora en el destartalado catre, siempre somnoliento, y alisa su negra y despeinada cabellera contemplando con sorpresa aquel rostro que le observa desde dentro del viejo espejo. Ese extraño individuo siempre le espera escondido en el cuarto de baño, todas las mañanas aparece silencioso, expectante e imitando sus mismos movimientos; pero ya perdió el miedo, y ahora no cree que exista peligro de que un día le ataque, porque solo se deja ver cuando él se le acerca y nunca le ha visto salir de ese endiablado marco de cristal. Le sirve de compañía, se dice, cuando a él le interesa.

La casa donde vive es un vulgar chamizo perdido en medio del campo, y allí transcurren despacio sus días, sin prisas, bebiendo minuto a minuto el suave murmullo del viento que acaricia la amigable foresta que le rodea. El metálico cantar de las chicharras le produce tristeza cuando el calor agosta los lilos; su aburrido y repetitivo ritmo no le atrae, le concentra su temor a la soledad, pero se anima cuando escucha el dulce piar de esas avecillas que a veces se acercan a cantarle muy cerca del porche. Aquel lugar es sólo suyo, y no existe peligro alguno de que se lo arrebaten.

Lisandro no sabe leer, pero entiende lo que dicen esos viejos libros llenos de simpáticas ilustraciones que dejaron olvidados sus padres en la estrecha alacena; son mágicos, llenos de cuentos sublimes, de historias felices en las que pequeños gnomos y delicadas princesas bailaban alegres canciones al corro, mientras corceles de trenzadas crines, enjaezados con elegantes adornos tejidos con hilo de oro y brillantes perlas, tiraban de fastuosos carruajes de transparente cristal irrompible. Le hacen soñar esos libros, le transportan a un mundo de idolatradas creencias infantiles aún no superadas, y los guarda con respeto y reverencia después de hojearlos cada día al caer la tarde. Su vida transcurre tranquila entre el reflejo de un rayo de luna y la temprana llamarada del siguiente amanecer, cabalgando siempre en medio de ensoñaciones, locas historias e inocentes juegos. Hace ya tres años que murieron sus progenitores y apenas recuerda sus viejas caras; desde entonces nadie le ha cuidado, nadie se ha acordado de él, y sin embargo ha sabido cubrir perfectamente sus necesidades; pero su mentalidad es débil, aunque no lo sabe ni lo entiende… Y tampoco le importa.

Ahora siente el hambre tronar en su estómago y se despereza chasqueando los dedos de sus manos para servirse un frugal almuerzo antes de salir nuevamente de excursión. Es feliz y lo disfruta plenamente. Dirige sus pasos hacia la cocina tomando el cuchillo que magistralmente había afilado la tarde anterior, el más grande que tiene, y el mismo viejo y sucio plato de aluminio que usó desde niño… Después baja al sótano, y con suma pericia corta un tajo bien grande de la pieza cazada quince días antes, ahora colgada y sin vida, desangrada y casi consumida.

Ya empieza a oler, se dice.

T’á bien… Vale… –se contesta a sí mismo en voz alta, grave y gangosa, afirmando torpemente con la cabeza. Tendrá que salir nuevamente y llenar la despensa; pero no le preocupa, él sabe muy bien dónde encontrar más comida, hay mucha… en la carretera, haciendo auto-stop, algún coche para, y una cuchillada le es suficiente para asegurar su alimento dos semanas más.

Después, saciando su hambre, marca un fiero mordisco en la cruda carne cortada en el glúteo del hombre que quiso ayudarle quince días antes en la estatal 400.

Lisandro es un niño feliz con cara inocente de hombre maduro…

 

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