Sabrás que te quiero

La recuerdo como si fuera ayer. Entonces éramos muy niños y ni siquiera teníamos idea de lo que significaba la diferencia de sexos, pero sé que nos queríamos profundamente, como nacidos el uno para el otro. Martina era una niña despierta y ágil, juguetona a más no poder, siempre riendo sus propias gracias y disfrutando de su joven vida de diez años recién cumplidos. Ella vivía en el portal aledaño al mío, y todas las mañanas nos acompañábamos hasta la escuela que se encontraba a pocos pasos de nuestras casas, en la misma plaza donde se ubicaba el gran edificio de viviendas donde residíamos, un pequeño barrio obrero cercano a la fábrica de vidrio y la almazara industrial donde trabajaban nuestros respectivos padres.

Yo la llevaba apenas un año de diferencia, pero tengo que reconocer que su intelecto siempre fue un nivel por encima del mío; si yo pensaba en comprar alguna chuchería, ella ya se había adelantado corre que te corre hasta el pequeño puesto verde donde Armando, el viejo Armando, le surtía de sendos chicles que, sin darnos cuenta, casi engullíamos olvidando que eran sólo unos simples masticables; o si se me antojaba jugar con ella al piedra-papel-tijera camino al colegio, ella ya estaba escondiendo su mano derecha segundos antes de yo proponerle tan absurdo juego infantil… A veces me daba miedo, tenía la sensación de que leía mis pensamientos y que se reía de mí haciendo conmigo prácticas gratuitas de ese don tan especial del que yo carecía. Siempre se me adelantaba a todo, y ello –tengo que reconocerlo- me llevó a sentirme un poco acomplejado. Pero sé que todo lo hacía para hacerme feliz.

Martina no era una niña tan guapa como para que, con el transcurrir de los años, pudiera haber despertado varoniles pasiones, pero recuerdo que sus redondeados pómulos y sus grandes ojos le hacían ser algo muy “especial”. Sus miradas tiernas y escrutadoras proyectaban en mí unos profundos sentimientos de dependencia, amor y dejación; su influencia llegó a hacerse tan grande que llegué a pensar que jamás podría hacer algo en la vida lejos de aquella graciosa e inteligente personita de pelo liso y falda plisada, siempre oliendo a chicle, caramelo y tiza. Martina no tenía amigas; sus juegos eran los míos, y míos los suyos, y recuerdo cómo todos nos miraban como si fuéramos marcianos mientras se decían unos a otros, tapándose la boca y en voz baja, “… son novietes, son novietes…”, y después se reían como se suelen reír las chiquilladas que desconocen el concepto y creen haber descubierto un misterioso secreto inescrutable.

Martina un día desapareció… Fueron momentos de grave angustia para sus padres. No supieron nunca lo que podía haberle ocurrido. Aún no había cumplido los once años y una tarde de pleno invierno se la echó de menos. Los chiquillos decían en sus ruidosos corrillos que se la había llevado el “Hombre de la Manteca”, pero yo sabía que eso era una burda leyenda inventada por los adultos para meter miedo a los menores cuando algo se empeñaban que hiciéramos. Fueron unos momentos muy duros. Claro que intervino la policía… y, después de meses de investigación, llegaron a la conclusión de que Armando, el viejo Armando del puesto verde de chucherías, era el principal sospechoso del asesinato de la pequeña Martina, y todo porque el muy desgraciado tenía unos pequeños antecedentes por antiguos hurtos y, además, padecía esquizofrenia. Fue apresado y condenado sin pruebas a treinta años de presidio en el psiquiátrico carcelario, y creo que el pobre ya falleció.

Al cabo de todos estos años, ya casi cincuenta, he sentido todos los días la ausencia de la graciosa e inteligente Martina; la he echado mucho de menos y he llorado amargamente sólo con la idea de haberla podido ver desarrollada como mujer, a mi lado, como siempre estuvo… Pero no tuve otro remedio; ella se había apoderado de mi voluntad y tenía que librarme de su absorbente influencia. Antes de ser anulado preferí matarla; por ello la llevé con engaños a la almazara y la empujé hasta hacerla caer bajo la molturadora donde, junto con la enorme carga de aceitunas, fue triturada y hecha pulpa, mezclando sus ricas esencias de futura mujer con un aceite púrpura y el impresentable olor de un orujo reciente.

A lo largo de todos estos años el fantasma de Martina me ha estado acompañando, y siempre me ha venido diciendo que sabía que la mataría y cuándo lo haría; me ha dicho cientos de veces que se dejó empujar sin oponer resistencia con tal de hacerme feliz… Y sé que es cierto.

 

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