La zanja

El cuerpo se encontró de una forma casual. Como comprenderás, en mitad de aquellos agrestes y solitarios campos no era fácil cruzarse con alguien paseando; era lógico, pues, que el presunto autor se hubiera cuidado muy mucho de dejarlo en un lugar inhóspito y alejado de la gran urbe, a la espera de que el transcurrir del tiempo hiciera su trabajo deshaciendo para siempre las principales huellas del innoble acto. Los agentes climatológicos harían el resto del trabajo: la lluvia, la nieve y el viento serían sus más cercanos y mudos cómplices.

Pero retrocedamos un poco, apenas una semana antes…

Roma, treinta de noviembre de 2006. Aún es de noche y las calles están siendo rápidamente aseadas por los servicios municipales; unos operarios recogen las apiladas bolsas lanzándolas, una tras otra, hacia la enorme boca trasera del camión-basura con una destreza propia de un jugador de baloncesto; otros asean los bordillos de la calzada con sus grandes escobones y recogen con las palas los últimos detritus que pretendían escapar de su pulcro quehacer. El silencio de un tráfico inexistente y las primeras tímidas luces de un pronto amanecer serían sus únicos acompañantes hasta finalizar la ingrata faena. Ahora todos duermen, mientras ellos trabajan y dejan la ciudad preparada para un día más de continuos y locos ajetreos.

En la parte norte de la ciudad el río discurre en su cauce sin gran alboroto, y sobre el puente Milvio, al contraluz de la claridad proyectada por las luminarias de las esbeltas farolas isabelinas, se empiezan a ver los primeros copos de nieve que prometen una mañana complicada para el deambular de los peatones. El Tíber contempla impasible la suave caída de esas primeras nieves sobre su superficie, y diríase que suspira al disfrutar de sus gélidos besos, alimentándose del esencial elemento que le mantiene con vida.

Pero Filippo Gratti no descansa; dos grandes ventanales le contemplan en el salón de aquel quinto piso de la Calle Grazie invitándole a asomarse tras las viejas cortinas de fieltro, gastadas y sucias ya por el humo del tabaco y el tiempo; su mirada, antes juvenil y alegre, ahora es lánguida, temerosa y también cruel, aun a pesar de aquellos amistosos ojos azules. Para él no hay ya esperanza y ha decidido poner fin a tanta melancolía. La ha visto mil veces; mil veces se ha cruzado con ella en el puente y ni siquiera se ha dignado mirarle. Adora su graciosa figura, su talle, su andar, su bello peinado, esa fina y blanca piel y sus delicados movimientos de gacela asustada; pero siempre fue inútil llamar su atención…

Con lentos movimientos recoge el sombrero, la gruesa bolsa y se resguarda bajo la gabardina disponiéndose a salir y dar su último paseo. Observa un instante la vieja lámpara de mesa y decide dejarla encendida. Ya no importa. Sabe que ya no habrá para él más noches, y tan solo piensa en recorrer una vez más las calles del barrio que le vio nacer antes de ofrecerle su triste despedida.

En el otro lado de la ciudad, Alessandra duerme plácidamente. En su pequeño y coqueto apartamento se nota el toque de la delicada mano femenina: todo limpio, con olor a las frescas flores silvestres que se aprietan amorosamente en un bello cesto de mimbre colocado en la mesa del recoleto saloncito, todo en perfecto estado de revista y decorado con un estudiado gusto italiano. Ella ama la vida; joven y pletórica de fuerzas e ilusiones, sueña con grandes logros personales y el amor del hombre que otrora forjó para ella su portentosa imaginación quinceañera. Conocía perfectamente sus rasgos, su porte de caballero, su alegre mirada, sus ojos azules…, y creía haberlo encontrado. La magia del soñar.

Son las cinco de la madrugada y tan sólo le resta una hora de sueño; así lo marca su fosforescente despertador, el mismo que cada mañana le asusta con sus estridentes reclamaciones y le hace exclamar a veces un irritado ¡joder!… y después se tapa rápidamente la boca con un gesto frescamente juvenil, prometiéndose una vez más evitar esos incorregibles exabruptos. El reloj siempre era efectivo… muy efectivo, pero recalcitrantemente irritante.

Alessandra es ajena a los próximos acontecimientos; pero es parte principal de ellos, aunque todavía no lo sabe. Pero no…, no te engañes: tampoco es nada de Filippo Gratti y jamás ha cruzado la más mínima palabra con él.

Creo que ahora es el momento de que hagamos correr un poco el tiempo y volvamos al lugar del macabro hallazgo, una semana después…

El descubrimiento fue obra de un humilde labriego que se dirigía a los campos para iniciar su larga y dura jornada. La huerta y sus labores de limpieza y escarda le estaban esperando; pero quiso la mala suerte que, camino a las eras, al intentar saltar una profunda zanja que malamente se cruzó en su camino, lo hizo con tan mala fortuna que cayó en su interior y dio de frente con aquel pútrido cuerpo. Aún haciendo el frío que hacía, aquel pobre hombre nunca olvidaría el olor de aquellos nauseabundos vapores que desprendía su nefasta descomposición.

Pero, dado que las desgracias no vienen solas, las suyas no acabaron ahí; como llevaba aprestada al hombro su siempre compañera y amiga azada, ésta, con el trajín de la absurda caída, se soltó con tan cortante postura que acabó firmemente incrustada en el ya poco peludo cráneo de la víctima, abrió en dos el masacrado melón y enseñó al pobre hombre los babosos y grises interiores de su sabio contenido, siendo esto lo último que pudo ver antes de perder definitivamente el poco sentido que le quedaba.

Pero, dejémosle dormir un poco en su macabro sopor, y sigamos nuevamente con Filippo…

Una semana antes, Filippo Gratti caminaba ausente por el histórico puente Milvio; eran las cuatro de la madrugada, la nieve seguía cayendo y ya empezaba a cubrir los tres primeros centímetros del viejo enlosado. Filippo cubrió con lentos pasos el segundo tramo del puente y se acercó a observar con más detenimiento el discurrir del Tíber.

No quiso romper la magia de tanta blancura y evitó apoyarse en lo alto del pretil; tan solo se atrevió a esculpir delicadamente con su dedo índice un nombre en aquella suave almohada de blancos copos, y después se retiró como despechado, apoyando su espalda sobre el poste de la luz; notó cómo el frío traspasaba el tejido de la vieja gabardina y le helaba la sangre en pocos segundos. Unas gruesas lágrimas cayeron sobre sus demacradas mejillas y lentamente sacó de la bolsa un candado y una cuerda de un resistente y grueso nylon de color verde esperanza. Se agarró fuertemente al poste y comenzó su ascensión…

Eras las 6:30 de la mañana y esperó bajo la marquesina para cubrirse de la nieve. No tardó mucho el autobús y Alessandra subió a él con alegría contenida. La mañana había despertado especialmente invernal y le obligó a sacar del armario sus ropas de abrigo y aquellas hermosas botas de piel recubiertas en su interior con un agradable y caluroso paño. Había rematado su vestimenta con un anorak de color rojo que le protegería de la nieve y la humedad, y un gorro de lana azul que dejaba al descubierto parte de su morena melena.

Tomó asiento y le encantó observar la lenta caída de los copos de nieve, caprichosos y tenues, las gentes intentando no resbalar en las aceras y, como contraste, sentirse egoístamente protegida de aquellas frías inclemencias del tiempo. El transporte la dejaría en la última parada, a unos pocos metros del puente Milvio, ahora totalmente peatonal. Después, como todos los días, cruzaría sus varios tramos hasta llegar al estudio de arquitectura y continuar con sus trabajos…

Volvamos otra vez al futuro cercano…

Cuando aquel pobre hombre despertó en tan angosto como lúgubre hueco, lo primero que hizo fue apartar de sí mismo aquel cuerpo pegajoso y maloliente; se incorporó como pudo y, olvidando el fuerte dolor que tenía en el costado, consiguió ponerse en pie y trepar hasta el lomo de aquella maldita zanja.

Su primera intención fue la de intentar gritar con todas sus fuerzas, pero no pudo, y salió corriendo como alma que lleva el diablo en busca de ayuda. Jamás olvidaría aquella mañana del 7 de diciembre de 2006, se fue diciendo, mientras alcanzaba a toda carrera la autovía y consiguió llamar la atención de un vehículo policial, poniéndoles en antecedentes de lo ocurrido.

─«¡Signore, signore, c’è un corpo nel fosso!… », no hacía más que repetir una y otra vez a los sorprendidos carabinieri. Rápidamente se organizaron las primeras pesquisas y desplazaron un todo terreno hasta aquella zanja donde el misterioso cuerpo esperaba una explicación convincente.

Pero también tendría que explicar aquel pobre hombre por qué su azada estaba incrustada en el cráneo del cadáver…

Pero un momento… regresemos a Alessandra…

Bajó del autobús y dirigió rápidamente sus pasos hacia la entrada del viejo puente. Eran ya las siete y tomaría un café con un suculento bollo recién hecho en el bar de “Di Pietro” antes de subir al estudio, como tenía por costumbre. Notó cierta algarabía a mitad del puente, y vio un remolino de gente que se agolpaba en torno al poste de electricidad conocido como “El poste de los enamorados”; dos coches de policía habían parado en las cercanías y emitían sus nerviosas luces de emergencia anunciando alguna tragedia.

Cuando consiguió acercarse lo suficiente pudo percatarse del luctuoso suceso: un hombre, de unos treinta años, enjuto, pelo rubio y bien plantado, colgaba a unos dos metros por encima del pavimento, ahorcado por una cuerda de grueso nylon de color verde esperanza, atada a su vez a un gran candado que había anclado con una cadena sobre el poste; y en su cuello, junto con una pequeña llave, lucía un burdo y enigmático cartel: «¡Ti amo, principessa! ¡Ho voglia di te! »

Cuando se fijó en la cara y los grandes ojos azules que sobresalían ahora grotescamente de sus redondas cuencas, reconoció sin ningún género de dudas al hombre de sus sueños, a aquel con el que se cruzaba a diario en el mismo puente y nunca llegó a arrancarle la más mínima mirada de interés por ella. Le miró por última vez mientras un vaporoso hálito salía de sus bellos labios entreabiertos y varias lágrimas hicieron compañía indecorosa a un hermoso rostro de amores absurdamente perdidos…

Dejó de nevar y una fina lluvia cambió el entorno apresurándose a borrar el rastro de la primera nevada del año. Mientras tanto, en lo alto del pretil un palabra escrita en la nieve acumulada se fue diluyendo poco a poco: A l e s s a n d r a…

¿Cómo dices? ¿Qué…? ¿El cuerpo?…

¡Ah, sí!… el cuerpo de la zanja… Ya… pero esa es otra historia…

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