La mecedora

Aún recuerdo con melancolía aquel mes de junio de hace casi cincuenta y cinco años; por fin acabó el largo curso escolar, y tanto mi hermano como yo estábamos inquietos por disfrutar de la tan esperada estación estival. Nuestros padres no solían complicarse mucho la vida en gastos vacacionales, y desde hacía varios años destinaban dos o tres semanas para visitar un vez más a mi añorado abuelo Damien. La idea nos entusiasmaba, porque tanto Alex, mi hermano gemelo, como yo, sentíamos por nuestro abuelo materno una cariñosa devoción.

Lo recuerdo ahora como si lo tuviera frente a mí; nos infundía un profundo respeto sus anticuados anteojos, las arrugas de su cara, su inveterada pipa artesanal de raíz de brezo, siempre encendida y con ese humo picante y empalagoso, y aquellos eternos ropajes que siempre lucía…, un pantalón de pana marrón oscuro con tirantes y la típica camisa a cuadros de leñador. La conjunción de esos personales rasgos y objetos de mi abuelo nos daba la sensación de encontrarnos frente a un venerable sabio despistado, lleno de maravillosas experiencias, listas para contar, con todo lo que eso suponía para dos rapazuelos de once años escasamente cumplidos.

El abuelo Damien siempre estaba dispuesto a relatarnos alguna de sus interesantes historias de apariciones y extraños seres inventados, quizá incluso reales para él, nos decíamos, porque los describía con perfectos y espeluznantes detalles…

¡Vágame Dios, cómo los describía…! Nos ponía los pelos de punta.

En cierta ocasión nos dijo que había tenido varios encuentros con unos extraños pero amigables seres en otra dimensión, no sé si la quinta o la sexta, o vete a saber cuál, pero totalmente distintos a nosotros:

«─Su morfología, -nos dijo- es de carbono puro, una especie de romboedro inteligente, de color gris azulado, y su torrente sanguíneo se alimenta de cristal frío líquido que bombea un doble corazón de diamante vivo. Son asexuados, sabéis –nos aclaraba-; se reproducen por división voluntaria cuando su densidad de población baja de un número concreto de individuos… Ellos mismos se inmolan en las grandes cavidades de su planeta natal haciendo parar voluntariamente sus latidos, y allí pierden el grafito exterior y sus adiamantados corazones se depositan en las grutas creándose con ellos enormes geodas de piedras preciosas…»

Como es lógico, nuestros ojos de rapaces febrilmente imaginativos se abrían como platos escuchando esas increíbles historias de fantasía ficción, e incluso llegábamos a creérnoslas. Después, por la noche, en nuestros lechos, comentábamos entusiasmados esas historias entre nosotros hasta bien entrada la madrugada, y hacíamos cábalas y juegos irreales con aquellos pétreos seres sacados de su mágica chistera, hasta que por fin caíamos agotados y soñábamos con ellos tapados con las mantas hasta la cabeza.

Nuestro abuelo vivía en la campiña desde hacía muchos años, en un pequeño pueblecito del sur de Francia; allí se casó con Angélique, nacieron sus tres hijos y fueron felices mientras duró su recíproca compañía. Nosotros nunca llegamos a conocer a nuestra abuela, pues falleció mucho antes de que alcanzáramos uso de razón.

A menudo le preguntábamos por ella… Él no podía evitar que alguna avergonzada lágrima asomara por entre los párpados de aquellos cansados ojos; sacaba con mucha dignidad su arrugado pañuelo rojo del bolsillo y después nos pasaba a describir con gran entusiasmo y todo lujo de detalles cómo se conocieron y conquistó finalmente su corazón:

«─Sus delicados movimientos y sus largas trenzas –nos decía- siguen produciendo en mi alma un sentimiento de plenitud. Gozar de su compañía y mezclar las chispas de su alma con la mía es ahora mi único deseoAngélique, hijos míos, es un ser estupendo, insuperablePero nuestra mutua compañía física se acabó en esta primera vida, y ahora nos toca vivir otras nuevas experiencias, cada uno por separado, con otras almas, para seguir conociéndonos los unos a los otros, superarnos y completar nuestra formación…»

Como podéis imaginar, a mi hermano y a mí nos extrañaba mucho esa etérea y enigmática forma de hablar que apenas entendíamos; y en presente, como si la abuela aún viviera y se la pudiera visitar. Eso nos dejaba a ambos sumamente consternados y con unas ganas locas de seguir preguntando; pero nuestro abuelo sabía cortar en ese momento tan preciso que te dejaba alelado con la palabra en la boca:

«─Venga, venga… a jugar. Ya seguiremos hablando mañana…» -nos decía-, y seguidamente nos empujaba con sus manos por el trasero para que saliéramos inmediatamente del porche.

En eso nos parecía algo cruel y nos íbamos con cierto resquemor hacia su persona, aunque ese enfado siempre era momentáneo y se nos pasaba en pocos minutos.

Su morada era una destartalada casa rústica construida con bloques de piedra berroqueña, pobremente enyesada por dentro, pero espaciosa, limpia y bien distribuida, lo suficientemente amplia como para instalarnos también los cuatro en ella y ofrecernos un buen servicio durante esas semanas de veraneo.

Tengo que confesar que mi abuelo hacía poca vida bajo techo; su vieja silla mecedora siempre estaba ocupando el mismo metro cuadrado, apoyada sobre aquellos mismos dos puntos que siempre la sustentaron, a la sombra, bajo el porche, y era el más completo de sus divertimentos diarios. Allí pasaba la mayor parte de su tiempo.

Jamás se separaba de ella, y yo me quedaba ensimismado muchas veces, observándole tras la ventana, a escondidas, mecerse en silencio con la vista perdida, y aquel negro sombrero de ala americano medio sobrepuesto sobre su ancha frente y que casi llegaba a ocultar su larga y blanca cabellera.

Todo lo permitía, excepto que nadie usara su querida mecedora…

«─Nunca os sentéis en ella mientras yo viva; ni siquiera la toquéis si no estoy yo, o “El Revisor” cuestionará vuestras almas y ya no podréis viajar jamás hacia futuras perfecciones. Cuando yo fallezca, uno se quedará con ella y se hará cargo de ese trabajo…» -nos decía enigmáticamente con estudiados aires docentes y cara de seria advertencia.

El Revisor”… Mil veces nos mencionó ese misterioso nombre en sus continuas exhortaciones, y nunca nos quiso explicar quién o qué era; tan sólo se limitaba a advertirnos, y aumentaban de tono a medida que nosotros nos poníamos cabezones y exigíamos más explicaciones. Cuando consultábamos a nuestros padres sobre el misterio de aquél personaje de extraño nombre, ellos nos decían que no hiciéramos caso de las cosas del abuelo, que ya era muy mayor y desvariaba…

Pero todo lo bueno acaba…

Llegó el final de esa vacación y con gran pena tuvimos que dejar la casa de mi abuelo Damien y prepararnos para volver al nuevo curso escolar, ésta vez desconociendo que sería la última que le veríamos vivo, pues tuvimos la desgracia de perderlo seis meses más tarde a causa de una apoplejía, algo por lo demás previsible debido al avanzado estado de su edad. Nos dijeron que murió sentado en el porche, en su vieja silla.

Cuando acudimos a su entierro junto con nuestros padres no pudimos dejar de admirar una vez más aquella mecedora que ahora aparecía quieta e inmutable en el mismo sitio de siempre, a la sombra, bajo el porche…, y acaso pude entrever su velada figura diciéndonos con sus manos, no un adiós definitivo, sino un alegre y enigmático “hasta luego, hijos míos”…

No sé; quizás ese flash fuera sólo el efecto lupa que las lágrimas hicieron en mis ojos al contemplar una vez más aquel querido objeto que tanto tuvo que ver con mi ya desaparecido abuelo.

Pasaron los años y el transcurrir de la vida hizo sus naturales estragos entre mis seres queridos; no hace mucho que fallecieron también mis padres, y mi hermano Alex fue víctima de un accidente de moto que le dejó impedido de por vida. Yo, aunque amores tuve, he permanecido soltero desde siempre por miedo a no ser capaz de hacer feliz a mi supuesta pareja, y ello me ha hecho libre de toda responsabilidad. Tengo casi sesenta y seis años y nadie me espera en el camino.

Esta pasada mañana me ha dado por repasar los documentos de mis padres y he encontrado sus respectivos testamentos; en el de mi madre he revisado que me dejó en propiedad la casa de mi abuelo Damien, que a su vez había heredado de él.

Hoy, los lejanos recuerdos de su grata persona y esos papeles me han impelido a tomar compulsivamente una decisión, y sin meditarlo más he tomado el tren para revivirlos más directamente, como si necesitara ahora de su compañía, de sus fantásticos cuentos, y oler aquellos dulzones vapores de su curiosa pipa de brezo, imaginarle mecerse en su silla con la mirada perdida y el sombrero de ala americano casi tapando su blanca cabellera… ¡Bellos y añorados momentos!

Cuando llegué, la silla no estaba en el porche… Quedé furiosamente alarmado; puedo afirmaros que casi era el único objeto de mi viaje, por lo que me sentí frustrado y perdido al no encontrarla allí, pensando que la habrían sustraído o quizás algo peor, destruido. Saqué de mi bolsillo el juego de llaves y recorrí a oscuras la vieja casa, y allí estaba, tapada con una blanca sábana en el rincón más alejado de la poca claridad que entraba por entre las rendijas de las desvencijadas contraventanas.

Sin perder más tiempo, la descubrí transportándola sin dilación hasta el porche y me senté con la sana intención de mecerme en ella, de igual manera como había hecho mi abuelo cientos de veces muchos años antes… Cuando lo hice, apenas pude darme cuenta de haber sido transferido a un lugar totalmente desconocido para mí, y de pronto me encontré sentado en el duro asiento de un moderno vagón, en un tren metropolitano que circulaba a una gran velocidad a través de oscuros subterráneos…

Estación Nacimiento”, leí poco antes de que parara unos breves segundos; pero nadie se bajó, y sí subieron varias comadronas portando cada una un bebé recién nacido. Una voz angelical nos sugirió amablemente sentarnos y anunció la próxima parada, “Estación Maduración”; allí se bajaron varios pasajeros, todos aquellos bebés que ahora eran jovencitos imberbes con grandes carpetas de estudio bajo el brazo.

Y así fueron pasando uno tras otro varios de aquellos misteriosos apeaderos…

Estación Muerte”, donde se apearon varios ancianos decrépitos; “Estación Arrepentimiento”, donde lo hicieron varios pecadores con malvadas caras de locos presidiarios; “Estación Readmisión y Deshecho”, donde también se apearon los que habían salido del arrepentimiento; “Estación Renacimiento”, donde subieron los que venían de readmisión y, la última, “Estación Perfección” donde… donde apareció mi querido abuelo Damien, totalmente rejuvenecido, acompañado de una hermosa y esbelta dama de largas trenzas doradas…

«─Hola, querido nieto; me alegra mucho reencontrarte… Esta es tu abuela, Angélique, y tenía muchas ganas de conocerte» -me dijo haciéndome un guiño tras los viejos anteojos que aún conservaba…

«─Toma -continuó, entregándome un artilugio para picar billetes-; te va a hacer falta en lo sucesivo, porque ahora eres tú el nuevo Revisor del Tren del Ciclo de la Vida… Yo ya he cumplido, querido nieto; tu abuela y yo hemos pasado la fase de perfección y sobramos ya en este tren; tus padres están en fase de renacimiento…; ya te los encontrarás, y procura no ponerles problemas al picarles el billete…»

Acto seguido, ambos se apearon y se desvanecieron fugazmente cogidos fuertemente de la mano, esbozando con sus tiernas miradas una angelical sonrisa de almas absolutamente libres y puras.

Y aquí estoy yo… picando billetes e intentando perfeccionarme.

¡Huy… arranca el tren y casi se me cae la gorra!

-o-o-o-o-o-

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