El olvido

Salió de aquel antro tan malhumorado como entró; ni siquiera la última copa y la calurosa conversación de aquella rubia de alterne habían conseguido hacerle cambiar su estado de ánimo. La tigresa de ojos verdes le había propuesto pasar la noche juntos, pero no estaba de humor para esas cosas y la mandó a paseo empujándola burdamente hacia el rincón; quería descansar. Para él tan sólo era un juguete más, como muchas otras.

Dejó un par de billetes encima de la barra con displicencia, le metió otro par más a la furcia en el escote y se dispuso a salir del “Virginal Club”.

Paró un instante en el umbral para subirse el cuello del caro gabán y se ató con premura su hebillado cinturón antes de salir; el frío de la noche entraba en los huesos como cuchillos y más valía ponerse en movimiento cuanto antes para no perder el agradable calor que aún conservaba en el cuerpo gracias a las dos copas del excelente y acaramelado bourbon de Kentucky que ya empezaba a metabolizar su castigado hígado.

El duro invierno de Chicago no perdonaba a nadie; ni siquiera a él. Calculaba que haría entre cinco y siete grados bajo cero, y la salobre humedad del puerto se condensaba en unas finísimas agujas imperceptibles que apenas le permitían respirar sin exponer la nariz al congelamiento de su fina epidermis. Se ajustó los guantes y el sombrero, hincó la barbilla sobre el cuello tapándose la boca y se encaminó con largos pasos hacia el aparcamiento, donde le esperaba su flamante Lamborghini de color rojo fuego.

Cuando quiso darse cuenta, cincuenta balas marcaron la trayectoria hacia su cuerpo atravesándole en múltiples direcciones, y cayó al suelo maldiciendo su suerte de no poder tomar venganza de tal sacrilegio.

«¡A él…, a Il Grande Peppone…!», fue su último pensamiento.

La vida había sido para él la fama, el éxito, la gloria material, y eso le llevó al desprecio de sus semejantes, a creerse superior, poderoso, bello e intocable… ¡El gran Peppone!

Después de escarbar con aquellas manos durante muchas horas y ver aquella blanca luz, se dio cuenta por fin de que no estaba vivo, y abrió las cuencas de sus ojos en un mundo totalmente desconocido para él: el del olvido.

Le iba a costar acostumbrarse. Ese era el castigo a sus pecados.

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