Dos casquillos y tres balas

─Se han encontrado dos casquillos y tres balas incrustadas en aquella pared del fondo, teniente Molthon. Las muestras ya han sido recogidas por el inspector Braun y las ha llevado al laboratorio…

─¿Y el cuerpo… estaba en esa postura tan ridícula cuando llegasteis?

─Nadie ha tocado nada, teniente. Esa posición es la que tenía cuando entramos en el apartamento. La vecina nos llamó alarmada por los disparos; nos ha informado que salió inmediatamente y no vio a nadie salir del mismo. Es un extraño caso, señor.

─¿Quién era…?

─Jhon Walter, según su identificación…; un matón de alquiler de poca monta, un don nadie cualquiera. Está fichado, pero no hay ninguna orden de detención pendiente en su contra…

─¿Han localizado el arma…?

─Si señor…. Esta Smith & Wesson de 9 milímetros -le enseñó la transparente bolsa. El arma estaba en la mano izquierda del muerto, pero no ha sido un suicidio, si es eso lo que usted está pensando. No tiene heridas de bala.

─¿Sabemos si este tipo era zurdo? –quiso saber más.

─Hemos llamado a central y nos han dicho que en su ficha consta que era ambidiestro, teniente.

─¿Cuándo han dicho que llegará el forense? –mostró el teniente Molthon su extrañeza por la ausencia del clínico.

─Está en camino… Pero le ruego que antes observe usted estas huellas… son muy extrañas y se dirigen hacia la ventana…

─Sí… Parecen huellas como de… ¿un ave…? ¿Es posible?

─La misma pregunta me hice yo al verlas; de un pato, o quizás un loro de esos tan grandes que chapurrean contigo…

─Sí; pero, por lo que veo, antes ha debido bailarse un tango alrededor de ese charco de sangre… Las ha dejado bien marcadas en la alfombra hasta la ventana… ¿Ha comprobado hacia dónde da ese ventanal?

─A la escalera de incendios; ya lo hemos inspeccionado pero no hemos encontrado ningún indicio de la huida. Salvo estas huellas no tenemos nada más. Tampoco hay manchas de sangre en las escaleras ni en el pasadizo que da a este lado del inmueble…

─¿Y el tercer casquillo…lo han encontrarlo?

─No señor; ha debido llevárselo el asesino. Hemos mirado hasta el último rincón, pero no está.

─Uhm… esto es muy raro. ¿Para qué querría el asesino llevarse uno de los tres casquillos? No lo entiendo…

─Ni yo. Tengo la extraña sensación de que parece un acto de venganza revestido de un humor negro muy particular… Y, en cuanto al casquillo que no aparece, es posible que el asesino se lo llevara de recuerdo…

─Seguro que el arma no está registrada –contesto el teniente. ¡Ah…, aquí llega el forense! Hola, Doc… Ponte a trabajar y dinos algo, amigo…, rápido.

─Hola, muchachos. Tranquilo, teniente; ya sabe que estas cosas hay que hacerlas con detenimiento.

─Estamos esperando sus conclusiones previas para iniciar las investigaciones oportunas… -le insistió Molthon con gran nerviosismo.

─Veamos –siguió el forense. Varón caucásico, pelo rubio, braquicéfalo, complexión media, atlético… de unos treinta y cinco años; una antigua cicatriz cruza su cara al nivel de ojo y pómulo izquierdos. Manifiesta el típico rictus de la risa… Dentadura bien conservada, labios y lengua macilentos; temperatura del cuerpo alrededor de… treinta y dos grados; de ello deduzco que falleció hará unas cuatro o cinco horas, aproximadamente.

─Interesante –dijo el teniente.

─… Presenta una herida punzante de unos tres milímetros en la vena basílica del dorso de la mano derecha, entre el dedo corazón y el anular. Aún sigue abierta y rezuma algo de suero sanguíneo… No se aprecian heridas de bala ni ninguna otra lesión. Causa probable de la muerte… yo diría que por simple exsanguinación.

─¿Estás diciendo que murió desangrado por una pequeña heridita de nada, Doc…? –le inquirió Molthon con cara de ironía.

─Lo tendría que comprobar clínicamente en el laboratorio –contesto el forense-, pero creo que este infeliz era hemofílico. No tiene otra explicación; se debió desangrar totalmente por esta ridícula herida… ¡Dios santo…, qué trágica ironía! ¡Morir por un pequeño picotazo de nada…!

─Un momento, un momento… ¿Has dicho “picotazo”, galeno cachondo?

─¿He dicho “picotazo”? Bueno; sí…, es posible… Pudiera ser que esa herida sea consecuencia del picotazo de algún ave… una cotorra, un loro de gran tamaño quizá… Lo único cierto es que este tipejo no murió de un balazo, teniente Molthon.

─Señor –interrumpió uno de los policías-. Hemos encontrado esta postal debajo de la mesa camilla. Parece una felicitación de Navidad, señor…

Molthon, ajustándose antes los látex, tomó la prueba y leyó en voz alta la escueta dedicatoria de su interior:

Mi querido Jhon: Que pases una buena noche de Navidad y disfrutes de este pavo que te envío. Mamá, que te quiere. P.D.- Sacrifica al pavo un día antes de meterlo al horno, para que desangre bien. No seas bestia y no le mates a tiros; utiliza el golpe de gracia; ya sabes…, como en el pueblo. Besos.

Arriba, en el alero del tejado de enfrente, un hermoso pavo observaba, todavía con miedo, el hueco de aquella ventana por donde pudo escapar de aquel maldito loco que pretendía matarlo a tiros. Gracias a que pudo picarle fuertemente en la mano pudo huir, no sin antes tragarse un precioso y brillante gusano de un color cobre muy sabroso que encontró por el suelo…, duro y algo caliente para su gusto… Clo, clo, clo…

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