Acompáñame…

A diario visito recónditos sitios que jamás soñaste que existieran. Acompáñame y verás. Son parajes maravillosos, verdes, tranquilos y llenos de vida, que jamás han sufrido la huella del hombre. Si pudieras verlos sabrías que el planeta en que habitas es algo furiosamente vivo, palpitante y enormemente bello; ven conmigo y te enseño una ínfima parte de él. Tómame un momento de la suave estela que te ofrezco y observa con calma el ancho paisaje; es algo sublime, y la mente humana está concebida para entenderlo, pero no quiere hacerlo… lo humilla a menudo, lo maltrata y requema por nada.

Sígueme; me extravío en el sotobosque y las secas hojas me dan su loca bienvenida batiéndose nerviosas en un baile de aquí para allá. No olvides que ya es el otoño. Yo he reído y jugado siempre con ellas. Me paro un momento al pie de los vetustos árboles y quizás notes que te observan con displicente ausencia, porque ellos son los verdaderos dueños y tú no les importas. Ellos son centenarios y, aunque resecos, seguirán estando ahí cuando los hijos de los hijos de tus hijos lleguen a entender que viven en un mundo que un día no muy lejano fue explosivamente vivo y lozano.

Ven conmigo, veamos más…; ahora me doy la vuelta y me interno por entre las redondeadas piedras del caprichoso río que serpentea por el verde valle. Sus aguas acarician el lecho con suave frescura, besan sus orillas una y otra vez y cubren de brillante laca la vegetación cercana; ahora no es época pero, pasado ya un tiempo, llenarán sus aguas miles de vidas nacientes, y en las largas noches del verano croarán las ranas los sexuales cantos buscando a sus damas.

Después su caudal se interna entre hermosas montañas cuyas suaves laderas se nutren de él, y le muestran agradecidas sus pinceladas de múltiples flores silvestres de bellos colores, amarillas retamas, verdes romeros y azulonas salvias de delicados olores agrestes, esencias y jugosos frutos, rojos de sangre, morados, incluso blancos, que ofrecen al ojo humano la hincada dulzona del diente. Inhala ese aroma, nota sus dulces esencias, disfruta quedamente de esos mágicos sentidos un rato, pequeño humano…

Bueno; ya es suficiente. Ahora visita conmigo las altas colinas y asómate a sus otras laderas; observa con calma y pasmado las grandes estepas que esconden la vida de esas pequeñas criaturas e insectos de muchas especies, conejos, zorrillos, pequeños tejones, abejas, avispas, hormigas…; y su flora, olivos, enebros, zarzales, esos espesos madroños con frutos y flores que asoman gustosas a un mismo tiempo… Todos forman parte de mí, son mis miembros, mis sentidos, mis dones…, porque yo les acaricio, les mimo, les envuelvo en mi arrullo…

Paremos por último a observar el fresco y jugoso musgo naciente en las húmedas piedras de esta orilla del río; absorbe el movimiento nervioso y errático de la trucha, el barbo y la carpa, suspendidos en tan límpidas aguas, tan claras…tan llenas de vida…

¿Vas a desperdiciar esta belleza sublime? Piénsalo.

Ya te dejo, humano.

Ahora alzo mi vuelo de nuevo, y soñaré con dominar el mundo; aunque en realidad ya es mío… porque soy el viento, libre de ir donde más me plazca, y visitaré recónditos sitios que jamás soñaste que existieran.

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