El conserje

Fermín, el conserje de la finca, era un hombre un tanto peculiar; enjuto, no muy alto, manos velludas y unos extraños andares, quizá afectados por las secuelas que siendo infante le dejaron unas traicioneras poliomielitis. Pero eso nunca le impidió ser un trabajador competente, siempre dispuesto a solucionar los problemas de su gente.

Era un tipo muy circunstanciado, y hasta la más mínima mota de polvo caía en las redes de aquel hermoso y volátil plumero azul que cada mañana pasaba con esmero refinado por entre puertas, cristales, pasamanos y aquel pequeño mueble que le servía de recepción en la humildemente decorada entrada del inmueble.

Puedo decir sin temor a equivocarme que Fermín me llegó a tener tanto aprecio como yo a él.

Tendrías que haberlo visto trabajar con sus artilugios; era todo un espectáculo. La bayeta, el cubo, la escoba y el recogedor hacían apuestas con los detergentes sobre cuál de ellos lograría la limpieza total sin necesidad de echar mano del otro; primero mojaba, después frotaba, volvía a mojar y después vuelta a frotar… Tras ello entraban en juego los poderosos quitamanchas, jabones líquidos, lejías y todos aquellos productos químicos que dejaban finalmente todo impoluto, brillante, como los chorros del oro… Dirigía su mundanal orquesta con un ánimo invencible y no recuerdo que jamás llegara a perder ninguna de esas batallas.

Fermín me caía muy bien…, y me cuidaba mejor; estábamos hechos el uno para el otro.

Cualquier momento era bueno para platicar con él. Era un hombre sabio en conocimientos cercanos; tan cercanos como si la vecina del quinto, Anabel, había invitado a su apartamento la noche anterior a un nuevo novio…; o si Casemiro, residente del Cuarto “C”, un brasileño gracioso y amable, pero algo dado al bourbon y otras espirituosas, no había salido esa mañana por mor de la gran resaca que le tendría postrado hasta el día siguiente.

Pero también sabía discutir sobre deportes, política, moda… incluso de economía… Era un tipo casi completo.

Fermín y yo estábamos cortados por la misma tijera; éramos uña y carne.

Ahora Fermín ha muerto… Una pena…

Y aquí estoy yo… su uniforme…; y estoy muy solo, vacío y triste sin él.

-o-o-o-o-o-

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Microrrelato y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s