Paz, amor y fantasía

El viejo luchador está definitivamente agotado y ofrece abiertamente su mandíbula al adversario para que le remate. Ha llegado al límite de sus fuerzas y un sudor pastoso y maloliente le nubla la vista; todo está borroso, ensangrentado y sus inyectados ojos imploran el golpe final que acabe con ese sufrimiento infernal.

Dolor… un lacerante dolor y un sentimiento de derrota le invitan a inclinar sus rodillas ante el bestial hombre que le castiga, le atrapa, le subyuga y escupe su odio en sus laceradas carnes; el plexo solar, su pómulo izquierdo, mandíbula, hígado y bazo reciben mazazos de extrema violencia, y un brutal golpe en las costillas anuncia su pronto final; las cejas son pasto de cuchillos romos, los pesados guantes de aquel fiero toro se aplastan en ellas, buscando estallarlas…

No ceja en su empeño… le ataca, recula, vigila y observa con saña el pequeño hueco por donde meterá su mano derecha, férreamente enguantada y llena de sangre, de saliva espesa…; pero mete su izquierda inopinadamente y alcanza por bajo su costilla falsa… ¡oh, Dios, qué dolor..!

Se marcha al rincón… Oye a su manager gritarle “¡cúbrete, cúbrete..!”; pero es inútil, ya no oye, no escucha… es una piltrafa humana vagando en la lona; es un cuerpo lleno de heridas abiertas…, pero sale al centro y enfrenta su testa…, se cubre el cuerpo con brazos de atleta, ahora macerados por tanto castigo de fuerzas siniestras…

Insiste de nuevo…, aquel animal no tiene bastante y le lanza miradas de orate, aprieta su enorme quijada y, como un remolino de locas avispas, reparte sus puños en toda su cara…; el árbitro amaga con parar el combate… Es mucho el castigo… es demasiada la sangre vertida… son tantos los golpes que han partido esa cara…

Todo está perdido –se dice-, ya no habrá un mañana…

Se siente empujado contra las gruesas cuerdas… le abrasan sus roces, la nariz le sangra y se deja caer en la lona esperando un conteo que nunca se acaba… uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis…; ¡pero se levanta!…

El público se agita queriendo más sangre…, enfervorecido…, rugiendo la fiesta…

*****

Afuera, casi de noche ya, el clamoroso sonido de los claxon se confunde impunemente con las viejas canciones de Navidad; el atasco es irremediable en estas hermosas fechas de celebración; policías de tráfico olvidan ahora sus siempre malos modos y procuran en lo posible aliviar el continuo trasiego de coches y peatones… Villancicos de siempre nos hablan del nacimiento del Dios hecho hombre, de Belén, de los reyes de Oriente que siguieron la gran estrella anunciadora, del amor, la fe y la esperanza, la caridad…

Las calles, cubiertas de una fina y algodonada nieve recién caída, ahora trocada en finísima lluvia, están repletas de innumerables gentes, gozosas de alegría y deseándose paz y fraternidad por siempre jamás…

El dolor no existe… es época de cantar, beber y danzar…

Ante las puertas del Royal Arena ha aparcado una ambulancia… Sus parpadeantes y nerviosas luces anaranjadas se unen amigablemente al resto de la luminaria navideña. Dos corpulentos enfermeros sacan en la camilla a un curtido boxeador envuelto en un negra bata cubierta de sangre…

Comentan, consternados, que en sus tiempos fue un peso pesado de los más grandes… de los más grandes…

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