¿Tienes tu moneda..?

El río mostraba ahora su más encendida ira. Su cauce era endiabladamente enrevesado; las múltiples variantes de las redondeadas rocas, finamente pulidas por el tiempo y la continua e inveterada abrasión de las arenas, creaban unas impredecibles corrientes que casi me hacían imposible mantener la barca a flote.

Pero mi experiencia era superior a esos inconvenientes; años y años de conocimientos marineros siempre me habían ayudado para no sucumbir ante las embestidas del caudaloso y traicionero río. Mis acostumbrados músculos se habían cultivado con los furiosos embates de aquellas aguas, y ya no me causaban temor alguno; aunque ya viejo y quejumbroso, aún conservaba el vigor necesario para salir triunfante en esas batallas.

En el remanso la situación era diferente, y hacia allí me dirigí remando con furia, centrando mi lucha en la contracorriente y observando a lo lejos la larga fila de grandes y pequeños personajes que esperaban impacientes mi llegada a la orilla.

─“No hay prisa –me dije-. Que esperen. El tiempo no es oro”.

Con la pericia necesaria, rodeé la última roca que separaba la bonanza de la tempestad y sin más problemas alcancé el pequeño embarcadero. Pisé la negra tierra y amarré con rapidez la balsa; la espera había sido larga y la acumulación de trabajo se me antojó exasperante, aunque –al fin y al cabo- daba igual; ya volvería después a por más viajeros.

Por el momento solo cabrían diez en la balsa; el resto habría de esperar el siguiente viaje.

¡No se agolpen…! ¡Sigan un orden, y no se agolpen…! ¡Tan solo podrán subir diez de vosotros…! –les grité sin contemplaciones-. Preparen el importe de su viaje antes de subir a la barca… –también les exigí egoístamente.

Fui eligiendo a los diez que mejor me parecieron y les acomodé de dos en dos, desde atrás hacia adelante y obligándoles a mantenerse sentados, de tal manera que yo pudiera ver y remar sin problemas desde la parte trasera de la balsa  y dirigir el timón hacia la orilla opuesta.

Antes de acomodarles y ponernos en marcha, cada uno de ellos escupió en mi mano la pieza de oro convenida. Sin ella jamás pasarían hasta que yo quisiera perdonarles.

El viaje de vuelta no presentó contratiempo alguno y, como siempre, salí orgulloso de mi cumplida tarea. Llegados al destino prometido, allí dejé la primera decena del día, todos sanos y salvos.

¡Adiós, Caronte..! ¡Qué sería de nosotros sin tu eficaz servicio..! –saludaron abriendo sus inútiles y esqueléticas bocas. Después continuaron su desdichado viaje a través del inframundo de Hades haciendo sonar acompasadamente el claqué de sus secas y blancas articulaciones.

Y nuevamente encaminé mi balsa hacia la otra orilla, preparándome para luchar de nuevo contra las procelosas aguas del sempiterno Aqueronte.

¡A por diez más! –me animé. ¡Vayan preparando sus monedas, señores..!

-o-o-o-o-o-

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Cuento y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s