No hagas ruido, mi amor…

Al pie del viejo árbol dormita ahora el inveterado ángel y nadie cae en la cuenta de su ausente presencia. Imperceptibles son sus largos suspiros y la doble careta de sus facciones mientras sueña los sueños de sus propias ensoñaciones; y en este estado de falsa catalepsia es el único dueño de sus vívidos delirios en el momentáneo y bien ganado descanso.

El ángel inmaterial se materializa de súbito, en un momento, de la noche a la mañana, de la mañana a la noche, de manera inusitada y con dolor henchido, aconteciendo de esta forma siglo tras siglo, segundo tras segundo, molécula a molécula, tiempo tras tiempo.

Nadie cree que su doble trabajo concierne a sus ínfimas personas, hasta que la matriz tiene el gusto de presentarlos en la gran fiesta universal y después llevárselos aquel, uno tras otro, al baile principal. Allí les hace danzar locamente en la atestada pista al son de miles de ruidosos instrumentos y aconteceres, rompiéndoles el llanto al despertar para después cerrar sus ojos con un acariciador, amable y postrero beso angelical.

El viejo ángel también es duro, pero necesario.

Alguien le dijo que los siglos eran sus dueños, y no quien lo creó; alguien le prometió que su trabajo sería laborioso e indefinidamente definido, que daría y quitaría sueños, que en el transcurrir de los tiempos nadie le pondría impedimento alguno para extraer y nutrir su saco de necias, mediocres e inteligentes criaturas…; alguien le prometió que, al fin, vería un glorioso mañana en que su trabajo pasaría a ser secundario, hasta incluso innecesario, y que su inmaterial existencia quedaría por fin resumida a la última espera del gran toque de trompetas sobre el ulterior Jericó, incitándole a atravesar el más allá de las otrora altas murallas y conquistar esas tierras para desaparecer después, al igual que el vacío y la oscuridad.

El blanco y negro ángel despierta ahora poco a poco porque el descanso ya no le reconforta y necesita incorporarse; ya tiene decidido su siguiente acto…

Calla… silencio…, amiga mía; no hagas ruido, mi amor… que el dulce y duro ángel dormita ahora mansamente al pie del viejo árbol, pero también despierta, y no es la muerte ni la vida quien le domina, porque es la vida y la muerte quienes le dan nombre.

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