Estrella nonata

Aquella mañana el Senado no agonizaba de ausencia, como en otras tristes ocasiones. Los doscientos senadores ocupaban con complacencia y nerviosismo sus fríos asientos, deseosos de entrar en la liza de la discusión política del momento.

Los temas a tratar eran realmente importantes. Pero había uno que acaparaba especialmente la atención de todos ellos; la pena capital de unos sujetos no era cosa baladí, y en su discusión durante esa mañana se decidiría el destino último de aquéllos. Como buenos y experimentados antiguos pretores no podían escapar al cosquilleo que les producía el gusanillo que se removía en sus interiores cuando se trataba de administrar justicia.

La estancia enmudeció cuando todos se percataron de la entrada de Rómulo en el foro rodeado del eterno séquito de aduladores. Un respetuoso silencio se impuso hasta que el gran fundador ocupó su sitio preferencial y magnificó la senatorial convención con las siguientes palabras:

Senadores… Henos aquí, reunidos en amigable y docta tribuna, para discutir y decidir sobre los asuntos clave de nuestra querida Roma. Todos conocéis los temas que nos van a ocupar, y os ruego que tengáis el más sumo cuidado a la hora de adoptar soluciones. ¡Roma y su ciudadanía os lo agradecerán eternamente!

─¡Ave, excelso Rómulus! –abrió el debate el senador Prímulo, sin el menor recato en disimular su homosexual condición-. Nos han dicho que cien individuos han sido condenados a muerte. No pretendemos discutir la sentencia y sus razonamientos; seguramente habrá causa suficiente, pero sí ponemos en tela de juicio la necesidad de tantas muertes. La vida es un bien preciado que debemos proteger, y en nuestra mano está el impedir tamaño desatino.

¡Jamás! ¡Me opongo! –interrumpió el senador Remo, levantándose airadamente de su asiento-. ¡Los dioses no nos perdonarían que permitiésemos el perdón de esos sujetos! Se han estado alimentando durante años a nuestra costa, sin esfuerzo alguno, engordando como haraganes y ensuciando nuestras villas con sus detritos e insoportable olor plebeyo… Si no han servido para otra cosa más que para eso, sus vidas no tienen sentido alguno…

¡¡Merecen la pena impuesta!! –remató Remo.

Un tumultuoso murmullo se alzó en el foro haciéndose eco del corifeo ejercido por Remo.

¡Cierto, cierto!.. ¡Cúmplase la sentencia! –gritaron en consecuencia.

El excelso fundador pidió calma, observó fija y quietamente a su hermano Remo y exclamó:

¡Por los dioses, Remo! Tu conferencia nos ha convencido de que Minerva guía tu doctrina por el camino de la sabiduría; pero… ¿eres consciente de que nos llevas a condenar a estos sujetos a la pena de muerte sin remisión? Has sido tan certero que no puede haber lágrima alguna por su sacrificio, aun siendo inocentes; les has dejado en un desahucio total, sin posibilidad de defensa. ¿Eres realmente consciente de la dureza de tus palabras?

Remo se incorporó con aire socarrón y dijo:

¡Salve, Rómulo! ¡Por la loba que nos amamantó! ¡Por la Roma que fundamos! …  ¿No os dais cuenta que se aproximan tiempos de celebración y no de teorías moralizantes? ¿Dais tanta importancia a la vida de unos gansos que, bien asados, vamos a poner en nuestras mesas para deleite y solaz de nuestro apetito?…

¡Dejad las coñas, pues! -continuó-. Bajad de vuestro pétreo y regio pedestal y acompañemos sus exquisitos muslos y entresijos con un sabroso vino de Módena,… ¡que pronto será Navidad y aún no se han enterado en Occidente!

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