El extraño

El individuo no paraba de mirarme; su feo y arrugado rostro quedaba incluso más acentuado con la luz proyectada de los pequeños focos que iluminaban cenitalmente la barra de aquel apestoso antro. Estaba seguro de que su extraña presencia era un mal augurio y que no podría tomarme con tranquilidad mi último bourbon del día.

Incliné levemente mi mirada y observé el sospechoso bulto que amenazadoramente parecía intuirse a la altura de su cintura, y este último detalle fue la guinda que colmó el vaso de mis miedos.

Santi, el barman, se me acercó indicándome la necesidad de pagar la consumición y cerrar caja; había llegado la hora de irse y los cuatro gatos pardos que estábamos allí sobrábamos ya en aquel lugar. Le insinué que sólo una copa más, pero su actitud fue rocosa y poco contemplativa; para evitar discusiones en las que tendría yo siempre las de perder, pagué, apuré mi copa y me dispuse a salir del local.

Un momento, por favor. Me gustaría hablar con usted sobre un asunto –me cortó el paso el extraño hombre alzando su uno noventa sobre mi mediana estatura.

Lo siento; no le conozco de nada, amigo.

Será mejor que hablemos, quiera usted o no…

─Le repito que no le conozco de nada, y nada tengo que hablar con usted –le corté-. Déjeme tranquilo, se lo ruego.

─Usted no lo entiende, señor. Lo que voy a decirle tiene que ver mucho con su honradez, con su honestidad –afirmó.

 ─Está bien –tuve que admitir, intentando ser amable, muy a mi pesar-; dígame que es tan importante para mi “honestidad”…

-Mejor fuera –insistió, esta vez guardando la visión del rápido movimiento de su mano derecha tras su chaqueta, a la altura del cinto.

Di la espalda al extraño y me encaminé atemorizado hacia la salida; fueron apenas diez segundos y por mi mente fueron pasando atropelladamente miles de dudas y recuerdos inconfesables:

«¿Mi honestidad? ¿Qué tiene que ver todo esto con mi honestidad o mi honradez? Seguro que la zorra de la secretaria pelirroja de la oficina pretende sacar provecho de nuestros devaneos… ¿O será Mary, mi mujer, la que quiere vengarse por eso y manda a este sicario para que me dé una paliza? Quizás me mate en una estrecha y maloliente calle de la ciudad… Pero… no… no es posible que Mary se haya enterado de esas cosas. Como tampoco de lo que sucedió la otra tarde en aquel bar con aquellas dos prostitutas, ni nuestro posterior encuentro “à trois” en el motel de la carretera… ¡Dios! ¿Qué querrá este tipo de mí?..»

-Alto; paremos a la entrada de aquella callejuela –decidió el mal encarado a mis espaldas.

«Mi honradez, dice… Quizá no tenga nada que ver con mis infidelidades conyugales… Entonces… seguro que son los pequeños hurtos en la caja de la empresa… Pero no creo que sea para tanto… sólo han sido doce mil euros; juro que le prometeré al jefe que podré reponerlos en dos meses, como mucho… Me he estado diciendo a mí mismo que debía hacerlo lo antes posible… y ahora esto¡Por mi mala cabeza! ¡Estúpido, estúpido!..»

Podemos parar aquí; es un sitio bastante tranquilo para poder charlar a solas… -dijo, y me detuve esperando el golpe de gracia.

«Creo… creo que debe ser por aquel antiguo asunto de aquellos ancianos. Les vendí unos títulos que no tenían valor alguno, haciéndoles invertir en ellos todos sus ahorros, unos cincuenta mil euros. Claro, que después me los quedé sin que se enterara mi empresa… Pero… de eso hace ya bastante tiempo y los ancianos murieron sin descendencia… Nadie ha podido reclamar… No… no creo que sea esto…»

Verá, yo… ¡Eh, cuidado, cuidado!.. ¡Dios mío! ¡Qué caída más tonta! ¡El muy torpe se ha desnucado!..

─¿Qué hacía usted con el fallecido? ¿Le conocía usted de algo? –preguntó el policía observando fijamente mi cadáver.

─Verá, agente. Yo estaba con él y sólo pretendía venderle esto –metió su mano tras su negra chaqueta, a la altura de su cintura, y sacó… ¡una preciosa biblia de cuero repujado!

Cuando se dio la vuelta para enseñarle la santa obra y advertirle de los peligros del pecado –siguió diciendo-, tropezó y cayó de espaldas por este desnivel. Su nuca sonó terroríficamente al romperse, y nada pude hacer por él. Suelo vender estas biblias a los que malgastan su tiempo y dinero en bares y locales de mala reputación… Como verá, soy sacerdote; ayuda a mi parroquia y a estos pecadores, pero… éste pobre… ¡Dios, qué pena..!

-o-o-o-o-o-

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