¡Taxi..!

TaxiMe llamo Amadeo y soy taxista. Son las 17,25 y ya llevo realizadas cerca de ochenta carreras; es un verdadero mareo estar todo el día de un lado para otro dando vueltas en la ciudad, y llega un momento en que ya no sabes siquiera dónde has estado, pero me gusta mi oficio, aunque tengo que reconocer que es un tanto pesado.

Si yo te contara la cantidad de estrafalarios personajes que he llegado a conocer dentro de mi taxi llegaría a aburrirte. Tengo para escribir una docena de libros: desde concejales hasta infieles esposas, desde grandes empresarios hasta simples oficinistas, estafadores, policías, jueces, abogados, prostitutas, drogatas y otras gentes de mal vivir. Es curioso, pero ninguno de los más privilegiados se habría subido a mi vehículo si supieran que se iban a sentar en el mismo lugar que antes habían ocupado otros de su más alejado nivel social. Aquí, todos iguales.

Parece mentira, y seguro que nunca te has parado a pensarlo, pero el taxi es el sitio ideal para que la gente se sincere contigo y te cuente hasta sus cosas más personales. Ni siquiera el mejor confesionario de tu parroquia supera al cómodo y mullido asiento trasero de un simple taxi.

Yo creo que tiene algo que ver con que ni siquiera te miran; no te conocen, no saben quién eres, creen que el conductor es algo así como un… un autómata, ¿se dice así, no?.. Y eso les da la confianza ciega de que lo que hablen se quedará en la bolsa del olvido eterno. En cierta forma es cierto, porque si no ya estaría yo medio esquizofrénico de coleccionar tantas historias y mentiras.

Si son hombres, basta que hagas algún pequeño comentario o crítica hacia determinada cosa para que te den la razón sin más y, acto seguido, comiencen a contarte lo bueno que es en su trabajo profesional, la suerte que ha tenido en la vida por ganar mucho dinero, las hermosas mujeres que han pasado por sus vidas, y bla, bla, bla.

Todos, todos sin excepción, son o han sido grandes conquistadores, ninguna mujer se les ha resistido; hay algunos que presumen de ser excelentes jugadores de póker, les ha tocado la lotería alguna vez, o incluso se sorprenden y mosquean porque no les reconoces como un antiguo jugador de fútbol de tercera o cuarta división.

En cuanto a las féminas, reconozco que en líneas generales son menos habladoras; al principio ellas prefieren mantenerse en un silencio misterioso, no sé si por recato o porque, en general, prefieren que seas tú el que se confiese. Posiblemente sea esto segundo y crean que suben al taxi para que les cuente mis peripecias y sinsabores mientras cubro el trayecto de su destino, como algo más que complementa el servicio. Pero, al final, también terminan confesándose ellas.

Sin embargo, reconozco que en su caso habría que hacer alguna operación matemática: por ejemplo, dividirlas por edades. Los tíos son más burdamente planos, simplones y siempre se les ve venir, no hay mucho que rascar en sus gabanes; las mujeres son especiales, plurales, tienden a diferenciarse según quiénes y cómo calcen sus “cumple primaveras”.

Tengo comprobado que entre los dieciocho y veinticinco años son exageradamente habladoras y jamás te dejan contarles lo que te apetezca; te exigen que les hables del tema que te proponen, ellas son las que preguntan y, al final, siempre tienen razón dándote su opinión como definitiva y contándote por qué les ha dejado el novio o el marido, si quieren o no tener hijos o si Di Caprio es el amor escondido de sus vidas, pero que no se enteren sus “novietes”, por si acaso se encelan…, ¡como si alguna vez el galán de cine fuera a conocerlas!

Entre los veinticinco y sesenta la cosa cambia: es un ambiente misterioso el que se crea y al principio te suelen ignorar con monosílabos. Quizás sea por los desengaños que les ha deparado el comportamiento de sus parejas, quizás por el hecho de no tenerla…, quién lo sabe. Yo lo entiendo, porque suben al vehículo de un desconocido, pero sin embargo basta que les digas que la mujer es un gran regalo de Dios para que se abran como un melón y te cuenten las mil peripecias de sus vidas.

Y, por último, están las mayores de sesenta, que son las que raramente suben a un taxi solas por temor a ser violadas por el “delincuente” que está al volante.

Curioso ¿verdad?

Aquí llega un cliente; es una señora encopetada…, de unos treinta años…

Buenas tardes, señora. ¿Adónde le llevo…?

─Buenas; lléveme al centro de la ciudad, pero antes le advierto que voy provista de un spray de defensa propia. ¿Vale?

¡Vaya! ¡Surgió la excepción!..

Perdón: me faltó hablarte de las neuróticas… ellas no tienen edad.

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